Por: Bache3000
Bache3000 fue hasta el asentamiento conocido como Vivero Municipal para conocer a Carlos Sotera, un vecino que hace años sostiene una rutina que empieza temprano y no da tregua: trabajar todos los días, "en negro" pero con la certeza de un ingreso, y volver a una casa sin gas ni iluminación en la calle. En el medio de esa rutina hay una pérdida que le cambió la vida: la vista de su ojo izquierdo.
El accidente ocurrió mientras Carlos trabajaba para una empresa que realizaba trabajos sobre la Ruta 23. Según relató, un descuido en las medidas de seguridad hizo que se le cayeran los lentes de protección y un fragmento de metal terminara alojado en su ojo. "El tema de la pérdida de la vista fue un tema de un accidente laboral. Lamentablemente, un descuido de lo que es la parte de seguridad", contó.
En el momento no dimensionó la gravedad de lo ocurrido. "Yo pensé que era un golpe, pero no, era un metal", explicó. Pasó por dos operaciones y, aunque mantuvo la esperanza de recuperar la visión, el resultado no fue el que esperaba: "No se dio como uno se esperaba y, lamentablemente, se me perdió la vista".
Para Carlos, la pérdida no fue solo física. "Cambia, porque es como perder un 50% de tu cuerpo, porque eso es parte esencial de la vida, lo que es la vista", describió. Cuando le dieron el alta médica, salió a buscar trabajo y se topó con un rechazo que se repitió tres veces: "Recorrí tres empresas y de las tres empresas, cuando le dije el tema de la vista, ya no serví, ¿viste?".
Ese rechazo, sin embargo, no lo hizo bajar los brazos. "No me dieron que baje los brazos, sino que me dio seguir luchándola día a día", aseguró. La necesidad de sostener a su familia y la de no depender de nadie lo empujaron a seguir buscando changas hasta conseguir el trabajo que tiene hoy: "Hoy en día estoy en un complejo, en negro, pero gracias a Dios con trabajo seguro. Todos los días".

Durante la recuperación y los primeros tiempos sin trabajo, la contención vino de su familia. "Mi mamá me ayuda en lo que ella puede, y también mis hermanos", contó.
El accidente derivó en el cobro de un subsidio, pero eso no resolvió la pérdida física ni le garantizó una cobertura a futuro. Cuando Carlos intentó tramitar la pensión por discapacidad, se la negaron: según le informaron, para acceder a ella debería acreditar una pérdida casi total de la visión. "Supuestamente, para ellos, tengo que tener casi la pérdida total de la vista", relató.
El mismo criterio se repitió cuando quiso tramitar el pase de discapacidad para el transporte público. "El médico de la gestión anterior me pedía casi el 95% de discapacidad para poder tener mi carnet", contó. Sin ese porcentaje, hoy paga el boleto completo cada vez que se sube a un colectivo.
A la situación laboral y de salud se suma la del barrio donde vive: la toma del Vivero Municipal, un sector que, según explicó Carlos, queda fuera del límite urbano en el mapa oficial de la ciudad. Eso complica el acceso a servicios básicos. No cuenta con conexión de gas natural —"a veces uno se anota en los planes, pero cuando no está actualizado, a veces engancha y a veces no"— y depende de garrafa. Tampoco hay iluminación pública: el alumbrado llega hasta la calle 18 de Mayo y de ahí en más, la oscuridad la resuelven los propios vecinos. "Cada tanto un vecino nos deja un reflector prendido, pero llega hasta la bajadita. Después yo dejo prendida la luz para que se vea, para salir afuera", contó, entre risas.
El frío también se siente distinto en esa parte del barrio. "Estamos en un tipo bajo. Ahí se siente el frío, se siente todo", describió.
Pese a las carencias, Carlos no pierde la conformidad con lo que tiene. "Me conformo hoy en día, gracias a Dios, con tener un techo y un lugar donde dormir", dijo, y agregó que ve con preocupación cómo a otros vecinos cada vez les cuesta más llegar a fin de mes.
Sobre la irregularidad de la toma, es optimista: "El día de mañana vamos a llegar a tener los papeles, cuando se pueda regularizar cada vecino de todo el sector". Mientras tanto, sigue esperando que ese reconocimiento llegue también del otro lado: el de un Estado que, según su experiencia, le exige perder casi toda la vista para admitir que ya perdió una parte esencial de ella.
"Cuento mi realidad, y no mentira", cerró Carlos, agradecido con quienes alguna vez lo ayudaron. "Yo agradecido con todos. Porque una vez también recibí ayuda y, gracias a Dios, me fue bien".