miércoles 02 de septiembre de 2026 - Edición Nº566

La ley y el orden | 2 sep 2026

POR LEGÍTIMA DEFENSA

"No puede juzgarse en la comodidad del después": absolvieron al acusado de matar a Latiff

15:02 |Un tribunal absolvió por unanimidad a Ismael Nicolás Choque Vargas, acusado de matar a puñaladas a Gastón Latiff en un comercio de Bariloche. Los jueces creyeron en la legítima defensa. La familia de la víctima, en cambio, se quedó con las manos vacías y el nombre de un muerto al que nadie, dicen, le hizo justicia.


Por: Bache3000

Hace un año y medio que la familia de Gastón Latiff viaja desde Buenos Aires cada vez que un juez los llama. Vinieron para la primera audiencia, que se suspendió. Vinieron para la de control de acusación. Vinieron para el juicio, que duró varios días y en el que la hermana de la víctima tuvo que ser sacada de la sala porque no pudo contener el llanto ni la bronca frente al hombre que mató a su hermano. Y ahora vinieron para escuchar el veredicto, que llegó como llegan estas cosas en los tribunales: despacio, con nombres y apellidos, sin apuro por el dolor de nadie.

El tribunal, integrado por Sergio Pichetto, Martín Arroyo y Bernardo Campana, absolvió a Choque Vargas por unanimidad. No hubo debate sobre quién lo mató. Eso lo sabían todos desde el primer día: Latiff murió de una puñalada en el cuello, adentro de la despensa Quimey Ruca, la noche del 10 de febrero de 2025. Lo que discutieron los jueces, durante meses de audiencias, fue si esa puñalada había sido un crimen o una defensa.

La reconstrucción que hizo el tribunal dice así. Latiff y su pareja llegaron esa noche persiguiendo a cuatro hombres con los que tenían un problema previo. Entraron al comercio a los golpes, con patadas a la puerta y gritos, y adentro Latiff forcejeó con el dueño del local. Choque Vargas, que estaba ahí con su pareja, se metió para separarlos. Hasta ahí, dijeron los jueces, todo bien: eso fue legítima defensa de un tercero. El problema empezó después, cuando Latiff y su acompañante se dieron vuelta y fueron contra Choque Vargas. Ahí el tribunal encontró lo que la ley pide para absolver: una agresión real, actual, objetiva.

La fiscalía había pedido homicidio simple. Sostuvo que Latiff estaba retirándose hacia la puerta cuando lo hirieron en el cuello, que ya se iba, que la pelea se había terminado y que igual lo mataron. El tribunal no le creyó. "Ningún elemento acredita que Latiff estuviera en retirada", escribieron. Miraron la autopsia, los testimonios, las heridas en las manos y los dedos del propio Latiff, y de ahí sacaron que la pelea seguía activa cuando cayó.

También se detuvieron en un detalle que en otro juicio hubiera sido central: Latiff tenía más de una herida. La querella lo usó para hablar de ensañamiento. Los jueces lo bajaron con una frase que parece sacada de un manual y que sin embargo define todo el caso: el número de lesiones no mide, por sí solo, el exceso. Lo que importa, dijeron, es si la agresión seguía en pie en el momento de cada puñalada. Y ningún testigo dijo que Choque Vargas siguiera hiriendo a Latiff después de que este se llevó la mano al cuello y se desplomó.

Ahí está el corazón del fallo, la frase que probablemente se repita en cada nota que se escriba sobre este juicio: no puede juzgarse la conducta del agredido en la comodidad del después, sino en la urgencia del instante en que debió decidir. A Choque Vargas no se le podía pedir heroísmo, dijeron los jueces, ni que esperara una lesión grave antes de defenderse. Valoraron, además, que cuando todo terminó soltó el cuchillo, presionó la herida con un paño e intentó reanimar al hombre que acababa de apuñalar.

Nada de esto es nuevo para quienes siguieron el juicio semana a semana. La querellante, Marcela Fragala, había anticipado en los alegatos que la defensa "simuló todo", que el cuchillo lo había comprado la novia de Choque Vargas seis meses antes del hecho y no esa misma noche por miedo, y que Latiff estaba desarmado en un conflicto que ni siquiera era el suyo. La defensa, con Nelson Vigueras y Mónica Goye, había construido otra historia: la de un joven boliviano criado entre la inseguridad de Chile, que actuó en cuestión de segundos para proteger al dueño del comercio y después a sí mismo. Los jueces se quedaron con esa segunda historia.

Al final, antes de leer el fallo, el tribunal le habló a la familia de Latiff. Les dijo que la absolución no era un juicio sobre quién había sido Gastón como persona, que el dolor por su muerte no se desconocía. Son palabras que no cambian nada y que probablemente no consuelen a nadie, pero que alguien tenía que decir. La decisión no quedó firme todavía: puede ser apelada. Así que es posible que la familia tenga que volver a viajar desde Buenos Aires una vez más, a escuchar otra vez el nombre de Gastón Latiff en boca de jueces que no lo conocieron, en una ciudad que no es la suya, por un crimen que la Justicia ya decidió que no fue crimen.

Más Noticias