Por: Bache3000
Bache3000 fue hasta las cinco esquinas para entender de primera mano cómo se vive, hoy, el día a día de quienes trabajan en la calle mientras el Estado sigue debiéndoles una definición.
En mayo de 2026, el Concejo Municipal votó una ordenanza que cambió por completo el enfoque sobre los artistas callejeros en Bariloche. Hasta ese momento regía la resolución ejecutiva 772, que directamente había prohibido los espectáculos en semáforos y espacios públicos.
La nueva norma dio vuelta la lógica: en lugar de prohibir, decidió regularizar. Creó el Registro Municipal de Actividades en Vía Pública, puso a la Dirección de Inspección General a cargo de implementarlo, y estableció que malabaristas, músicos, estatuas vivientes, mimos, payasos, titiriteros y artistas plásticos pudieran inscribirse, acreditar domicilio y recibir una credencial oficial que los reconociera como trabajadores de la ciudad.
El problema es que, meses después, ese registro sigue siendo una promesa en el papel. Y esa demora no es un detalle técnico: es lo que mantiene a los artistas en una zona intermedia, sin la habilitación formal que la ordenanza les prometió, pero tampoco bajo una prohibición explícita.
Ahí aparece Juan Manuel, más conocido en toda la ciudad como Chicho, uno de los malabaristas históricos de las cinco esquinas. Chicho fue protagonista directo de este proceso: cuando la situación se puso tensa, fue él mismo quien golpeó la puerta del Concejo para plantear el reclamo del sector. Hoy, con la ordenanza ya aprobada pero el registro todavía sin funcionar, lo explica así: "Esperando en que se empiece a hacer la lista de artistas, ¿no? Y después, bueno, seguir trabajando, en el mientras se puede, no está prohibido, pero siempre está ese gris que como que no tenés el permiso, no podés trabajar".
Ese "gris" que menciona Chicho no es solo una sensación personal. Es, en rigor, el corazón del problema: una ordenanza vigente, con fundamentos que reconocen al arte callejero como parte de la identidad turística de la ciudad, pero sin la herramienta administrativa que la vuelva operativa. Mientras tanto, la actividad se sostiene en la práctica gracias a un entendimiento informal con el propio Concejo.
Según cuenta Chicho, cuando fue a hablar con los concejales de la mesa del Deliberante, la respuesta fue clara pero condicional: "Nos dijeron que mientras el problema sea interno, nosotros no podemos, o sea, no nos pueden decir que nos retiremos, o sea, podemos estar trabajando, ejercer la profesión sin tener problemas". Es decir: pueden seguir en la calle, pero sin el respaldo formal de una credencial, apoyados en una palabra antes que en un papel.

Este vacío alimenta, además, una discusión que excede el caso puntual de los malabaristas. En Bariloche circula hace tiempo un debate sobre cómo diferenciar a los artistas callejeros —que ejercen un oficio reconocido, con trayectoria y arraigo en la ciudad— de los llamados "fisuras", personas en situación de calle o de consumo problemático que también ocupan semáforos y espacios públicos, pero sin desarrollar una actividad artística. La falta de un registro operativo no solo deja a los artistas en offside legal: también dificulta trazar esa línea que, para gran parte de la comunidad, es central a la hora de pensar políticas de espacio público. Sin credenciales, sin control efectivo y sin criterios visibles aplicados en la calle, la distinción que la propia ordenanza buscaba instalar queda, por ahora, más en la teoría que en la vereda.
La norma, vale recordarlo, es exigente y detallada: pide acreditar al menos dos años de residencia en Bariloche según el DNI, define espacios habilitados y prohibidos (nada de rotondas, accesos a rutas o paradas de colectivo) y prevé un régimen de sanciones graduales, desde apercibimientos hasta la baja definitiva del registro. Es, en el papel, una herramienta completa. En la calle, todavía no terminó de aterrizar.
Chicho, que hace malabares entre seis y ocho horas por día "dependiendo el ánimo", no plantea el reclamo en términos de confrontación. Lo que pide es previsibilidad: "Para que esté el registro y poder estar más tranquilo, más que nada, porque a ver, la tranquilidad la tenemos, pero siempre está eso que te comentaba. Es como que si tenés ganas puede pasar algo y si no, bueno, no". Y agrega algo que conecta directamente con el espíritu original de la ordenanza, ese que buscaba reconocer al artista como parte de la trama social de la ciudad turística: "Se nota que hubo, que se hicieron cosas, y está bueno para todos".
Mientras el debate sobre el espacio público sigue abierto en la ciudad, Chicho sigue en las cinco esquinas, malabares en mano, con el registro todavía pendiente: "Así que nada, ahí disfrutándolo".