Por: Bache3000
Mientras la ciudad cambia de fisonomía comercio por comercio, hay un rincón de Bariloche que parece detenido en el tiempo. El bar Champechano lleva más de cinco décadas sirviendo vino, cerveza y fernet con coca a la misma clientela de siempre. Según quien lo atiende día a día, no hay otro igual que quede en pie.
"El barcito más viejo que queda acá en Bariloche", lo define Héctor Caro —Carito para todos— al repasar la historia del local, que antes funcionó en el barracón y que suma "cincuenta y algo" de años entre esa etapa y la actual.
El local abre temprano y cierra temprano, como manda la tradición de los bares de barrio: "A las ocho de la mañana cerramos a las tres de la tarde y se abre a las cinco de la tarde hasta las nueve de la noche", cuenta Carito. Los domingos el ritmo se acomoda distinto: "Se abre a las ocho y media de la mañana hasta las dos y media, una y media de la tarde", porque después "hay que estar con la familia".
La clientela, dice, es siempre la misma: trabajadores del barrio que bajan a comer o a jugar una partida de truco, y sobre todo jubilados. "Acá esto más que nada es jubilado, es mucho jubilado", resume. Y agrega que el clima nunca se altera: "Muy tranquila, nunca hay líos, no hay ningún problema. Son los mismos, los mismos. Nos conocemos todos".
En una ciudad atravesada por la grieta política, Campechano tiene su propia manera de mantener la paz en la barra. "De política no mucho", admite Carito, y explica por qué: "Hay mucha diferencia fuerte […] por ahí son códigos del bar. Con lo que sea política o religión, hay que tratar de no tocarlo. Así mantenés el ambiente bien".
En materia de tragos, no hay grandes sorpresas ni modas pasajeras: "Toman un gancia, fernet con coca, vino. Es lo más tradicional acá. Cerveza también, muchas cervezas". Lo que no entró, según cuenta, son "otras cosas" más actuales.
Entre el mostrador, el vino y los mismos parroquianos de siempre, Campechano se sostiene como testigo de una Bariloche que, mientras el comercio de la ciudad muta y se renueva, todavía tiene un bar donde el tiempo —dicen quienes lo frecuentan— corre más despacio.