Por: Bache3000
El jueves, en un salón que de a ratos parecía más una reunión de familia que un acto institucional, San Carlos de Bariloche se tomó un rato para agradecerle a algo que muchas veces da por sentado: que acá, entre el lago y la cordillera, un puñado de físicos decidió hace cincuenta años que la Patagonia también podía mirar hacia arriba. Hubo trajes y hubo guardapolvos invisibles, hubo aplausos largos y hubo, sobre todo, memoria. El gobernador, el intendente, concejales, científicos, ingenieros y el periodismo local se mezclaron entre brindis para homenajear a INVAP, la empresa que nació de una obsesión atómica y terminó mandando satélites al espacio. Hubo un video que hizo llorar a más de uno, un pedido de ayuda con la Isla Huemul y la sensación, compartida por todos los que estaban ahí, de que Bariloche estaba festejando algo propio.
La ceremonia empezó, como suele pasar en estos casos, con un aplauso que no terminaba de apagarse. En el escenario, alguien leyó la declaración que el Concejo Deliberante había aprobado para la ocasión: "El Consejo Municipal de San Carlos de Bariloche distingue a INVAP con motivo de celebrar su cincuenta aniversario, destacando cinco décadas de excelencia, visión de futuro y por posicionar a San Carlos de Bariloche como polo de innovación tecnológica en la Argentina y en el mundo". La firmaba el intendente Walter Cortés. Abajo, entre la gente, alguien murmuró que hacía mucho no veía juntos, en la misma foto y sin pelearse, a tantos referentes de la política local: ahí estaban Gerardo del Río al frente del Concejo, las concejalas Laura Totonelli y Samantha Echenique, el concejal Facundo Villalba de Primero Río Negro, y la ex senadora nacional Silvina García Larrauro, que no fue una invitada más: desde la Comisión de Tecnología del Senado había peleado, años atrás, buena parte de las batallas que hoy nadie recuerda pero que sin ellas quizás esto no existiría.
Uno de los directivos de INVAP —la empresa que hoy conducen José Campello como presidente y Darío Giossi como gerente general— tomó el micrófono y se fue para atrás en el tiempo, hasta un lugar que ni siquiera tiene entrada en los mapas turísticos: la Isla Huemul. Habló del Instituto Balseiro, de Jorge Sábato, de la Comisión Nacional de Energía Atómica, de aquella idea medio descabellada de que en Bariloche se podía construir un instituto de física de primer nivel y que, con el tiempo, esa locura se transformó en reactores, en radares, en satélites que hoy sobrevuelan el planeta con acento patagónico.
—Que no empieza hace cincuenta años —dijo—, empieza bastante más antes, con las locuras que alguna vez se pensaron en la isla.
Y de esa locura salió, primero, un reactor: el RA-6, el primero que la empresa construyó en su propia Bariloche, mientras en Pilcaniyeu se probaba una tecnología de enriquecimiento de uranio que, en los años setenta, parecía cosa de países grandes y no de un pueblo de montaña con olor a chocolate. De ahí no pararon más. La empresa nació en 1976 de un convenio entre la Comisión Nacional de Energía Atómica y el gobierno de Río Negro, impulsada por egresados del Instituto Balseiro, y con los años construyó reactores de investigación que hoy funcionan en Egipto, Perú, Argelia, Arabia Saudita, Holanda y Brasil, y uno en Sídney, Australia, que empezó a operar en 2007 y todavía sostiene buena parte de la producción de radioisótopos médicos de ese país. Reactores rionegrinos, pensados en Bariloche, salvando vidas del otro lado del mundo.
Después vino el cielo. A partir de 1991, con un convenio entre la CONAE y la NASA, INVAP empezó a diseñar y construir los satélites SAC-B, SAC-A y SAC-C —este último batió todos los récords al mantenerse en servicio casi cuatro veces más de lo previsto— y el SAC-D/Aquarius, que coronó veinte años de trabajo compartido con los norteamericanos. Y por si eso fuera poco, se animaron a los satélites de comunicaciones: el ARSAT-1, que demandó más de 1.300.000 horas de trabajo argentino, y el ARSAT-2, lanzados en 2014 y 2015 desde la Guayana Francesa, hoy llevando televisión, internet y telefonía a rincones del país y de los países vecinos adonde el Estado casi nunca llega. Y todavía faltaba el capítulo más ambicioso: los dos satélites SAOCOM, con sus antenas del tamaño de una cancha de squash, que convirtieron a la Argentina en el segundo país del mundo con capacidad de observación terrestre con radar en banda L, capaces de ver de noche, bajo la lluvia o entre nubes, un incendio, una inundación o un derrame en altamar.
Cincuenta años que empezaron con un puñado de físicos discutiendo delirios en la Isla Huemul y terminaron con Argentina mirando su propio territorio desde el espacio, con tecnología pensada, diseñada y armada en Bariloche. No hay demasiadas ciudades en el mundo que puedan decir eso.
En una segunda grabación, ya con las copas servidas, otro de los directivos contó el itinerario del festejo, y ahí apareció ese detalle que solo entienden las empresas que crecieron sin dejar de ser de acá: primero celebraron en Viedma, con los compañeros de la sede; después en la capital rionegrina, con funcionarios de los tres poderes provinciales; más tarde en Buenos Aires, con clientes, con el gobierno nacional, con representantes diplomáticos. Y esa noche, por fin, habían vuelto a Bariloche.
—Es nuestro lugar principal —dijo, con esa mezcla de orgullo y cansancio de quien acaba de cerrar un círculo—. Arrancamos acá, dimos la vuelta y volvimos acá, con ustedes.
Cuando le tocó hablar, el gobernador se tomó un segundo largo, de esos que en un discurso político casi nunca se permiten. Dijo que llevaba casi catorce años gobernando la provincia y que de esos cincuenta años de INVAP él había sido parte de una porción interesante. Habló de la dificultad de la política para transmitir lo que uno siente, lo que uno piensa y lo que uno decide, y agradeció a la CONEA, "no solo por su participación en la sociedad, sino por todo lo que compartimos". Alguien, desde el fondo, completó en voz baja: "estamos aprendiendo".
El intendente Cortés habló después, ya no como funcionario sino, según dijo, como representante de los trabajadores de la ciudad: le agradeció a INVAP por el trabajo genuino que genera y, sin vueltas, le pidió una mano con la Isla Huemul, ese pedazo de historia que todavía espera que alguien termine de ponerlo en valor.
Después vino lo que viene siempre que una historia se cuenta bien: la comida, el brindis, la gente que se quedó un rato más de lo necesario porque no quería que terminara. Cincuenta años no es una cifra que se festeje todos los días, y esa noche, en Bariloche, quedó claro que INVAP no es solo una empresa que exporta tecnología: es, también, una manera en que esta ciudad se explica a sí misma. Con científicos que hablan de locuras y de física como quien habla de un primer amor. Con gobernadores que se permiten dudar en público. Con un pedido de ayuda para una isla que espera desde hace demasiado.
Afuera, la noche seguía fría, como siempre en Bariloche a fines de septiembre. Adentro, por un rato, cincuenta años se sintieron como si fueran ayer.