Por: Bache3000
Dicen que la guerra, es la continuación de la política por otros medios. Clausewitz lo escribió pensando en Prusia, no en Bariloche, pero el Circuito Chico y el Concejo Deliberante no le hubieran resultado ajenos: acá también se pelea con obras y con marcas, y las encuestas hacen de artillería.
El intendente Walter Cortés decidió salir a jugar de entrada, prestándoles su imagen a candidatos que todavía nadie conoce. Es una apuesta con lógica: si él tiene la mejor imagen de la ciudad, trasladarla es el camino más corto para una lista nueva. El riesgo es el de siempre en estas operaciones —Sun Tzu decía que toda guerra se basa en el engaño, y trasladar simpatía de una figura a otras es, en el fondo, una ilusión que no siempre prende—, pero también es la jugada más honesta que tenía disponible: no esconder de dónde saca fuerza. Una amenza en su camapaña es que se mezcle la gestión con el proceso electotral. Por ejemeplo, la propuesta que el 40% del presupuesto vaya a obras y quede fijado en la Carta Orgánica. Esto llega justo cuando el propio municipio admite apuros para pagar sueldos en su confrontación con el peronismo. Por ahora es una amenaza latente, pero es un flanco que el justicialismo y La Libertad Avanza están dispuesto a explotar.
A ese envión que tiene la camapaña oficial, se sumó, casi a último momento, el propio gobernador. Weretilneck había dicho que no se iba a meter, que no iba a hablar, que no iba a posar para las fotos. Terminó al frente del acto junto al intendente. No es un dato menor ni conviene leerlo con cinismo fácil: en política, cambiar de estrategia sobre la marcha también es una forma de leer el terreno. El gobernador midió que su ausencia podía costarle más que su presencia, y decidió jugarse. Ahora la pregunta es si ese respaldo, sumado al de Cortés, alcanza para levantar doce puntos en treinta días o si termina siendo, como diría Clausewitz, una tropa de refuerzo que llega justo, pero no sobra.
La Libertad Avanza, por su parte, apostó fuerte a la marca y trajo a un tiktoker, Iñaki Gutiérrez, que caminó la ciudad viralizando lo que pudo. Pero el eje más duro de su campaña no está en los videos: está en la ficha limpia y en el control del gasto público, dos banderas que les funcionan bien porque conectan con un humor social real, el hartazgo con la política que gasta sin rendir cuentas. Es un planteo que obliga a los demás espacios a responder, y eso, en campaña, ya es una victoria parcial. Se les puede cuestionar que sus candidatos no tengan trayectoria ni estructura partidaria propia, pero también hay que reconocerles algo: el año pasado ganaron incluso en barrios históricamente peronistas o de Juntos Somos Río Negro, sin gran militancia territorial, apoyados en un "voto silvestre" real. Foucault diría que no hace falta un aparato para ejercer poder si el discurso está bien instalado; acá el discurso es la transparencia, y la marca lo empuja con una eficacia que —guste o no— es mérito político tan válido como cualquier otro.
La principal debilidad de este espacio, es todo lo que sucede a nievel nacional. Que no es poco.
El peronismo llegó último a la carrera, pero llegó con orden. Trae a Andrea Calaverna, a Tomás Guevara —investigador del CONICET, con el peso tranquilo de quien no necesita levantar la voz— y a un bombero, en una lista pensada para durar más que para deslumbrar. Es sincero, además, en algo que no todos se animan a decir en campaña: no vienen a ganar la intendencia ni la gobernación, vienen a que la marca Fuerza Bariloche no pierda pulso. Y todo indica que a ese esfuerzo se va a sumar María Emilia Soria con sus hermanos, no para prometer un triunfo que saben lejano (es dificil trasladar los votos), sino para empujar la mística interna. Su apuesta de fondo, más que un candidato o una encuesta, es conceptual: que la gente entienda que esta elección no define solamente nombres, sino las reglas con las que Bariloche se va a gobernar de acá en más. Es una apuesta modesta en lo electoral pero ambiciosa en lo cívico, y tiene algo de razón: en una carta orgánica se legisla el juego, no solamente quién lo juega. El costo es la lentitud —como escribió Clausewitz, hay guerras que se ganan simplemente no perdiéndolas del todo— y esa paciencia tiene un precio cuando el resto se mueve más rápido y más ruidoso.
Alrededor de estos tres bloques, el resto de la tropa también tiene lo suyo. Primero Río Negro asoma prolijo, con Carlos Aristegui y Catalina Fonzo empujados por Facundo Villalba, y esa prolijidad puede ser una fortaleza si logran sostenerla treinta días. Sur, con Alejo Ramos Mejía, arrancó con ejes claros, aunque en este tipo de elecciones la claridad sin ruido rara vez alcanza para destacarse. Y Podemos, con Pablo Chamatrópulos, empezó a moverse en redes esta semana, tarde pero con intención. Y a este rival, que supo ser concejal caminando toda la ciudad,.nunca hay que subestimarlo. Su estretegia tal vez esté pensada para el futuro y no para la coyuntura inmediata.
Encima llegó la guerra de encuestas, ese género tan argentino donde cada espacio publica el sondeo que más le conviene. Una pone arriba al oficialismo, muy cerca al peronismo, y con Primero Río Negro pisándole los talones a la Libertad Avanza (que estaría tercera); otra, repartida por los libertarios y algunos peronistas, da primero al peronismo, casi empatada a la Libertad Avanza, y al gobierno municipal/provincial un poco más atrás. Ninguna es neutral, y las dos, a su manera, dicen la verdad a medias que le conviene a quien la reparte.
Falta un mes. La gente, mientras tanto, define cerca de la fecha, ajena a la épica que cada fuerza intenta instalarle. Y ahí quizás está la lección que ni Clausewitz ni Sun Tzu terminaron de enseñar: en una ciudad donde todos tienen algo bueno para mostrar y algo flojo para explicar, gana el que consiga contar mejor de qué se trata esta elección. Por ahora, todo eso no está claro.