Por: Bache3000
La casa de Ángel Roa es una de las que entregó Mario Franco, el gobernador peronista, cuando Alborada era un barrio recién nacido y todo estaba por hacerse. Ahí, en su living, Bache3000 se sienta a charlar con el vecino que lleva 50 años en el lugar, que fue cuatro veces presidente de la Junta y que hoy, a punto de cumplir 78, tiene la memoria intacta y la lengua afilada. Empieza por el principio: sin calefón ni termotanque, con un tanque interno que se calentaba "con leña, toda leña", y los pibes chiquitos saliendo a juntar cascaritas con una bolsita. "Me acuerdo que nevaba lindo", dice, y por un segundo parece que afuera nieva de nuevo.
Después la charla se va a la política, que a Ángel le llegó antes de que le cambiara la voz. "Yo tenía 12, 13 años" cuando el compañero Jacinto Jiménez lo nombró delegado en la zona del Ñireco. Desde entonces fue suplente en una lista de concejales, se agarró a las trompadas con radicales en las pegatinas ("los bajábamos, los ponían arriba el otro, entonces ahí venía el enfrentamiento") y llegó a repartir volantes a las dos de la mañana por la calle Mitre, metiéndolos bajo las puertas de los comercios. Con Menem se ilusionó y salió a militarlo hasta el aeropuerto. Hoy lo despacha con dos palabras: "Nos traicionó".
Pero el tono cambia cuando aparece el Mono Roa, su hermano, el legendario boxeador. Ángel baja la voz y cuenta los años en que los dos anduvieron a la deriva. Él también tomó y también durmió en la calle. "Mi hotel alojamiento era la cancha de Estudiantes", dice, con un colchoncito y un nylon escondidos entre los pinos. Una mañana de helada, con la cancha blanca, escuchó unos quejidos y bajó. "Eran mis hermanos, estaban tirados ellos", recuerda. Se cargó al Mono, le prendió una salamandra chiquita y le hizo vino caliente con limón y canela. "Lo revivió", resume.
Por cuidarlo terminó él mismo internado, y de esa época sale el quiebre que lo cambió para siempre. Una noche, con la abstinencia encima y la casa dándole vueltas, se aferró a la pared y largó todo. "Quedé como nuevo", dice. No volvió a tomar. Cuando los viejos compañeros de copa lo cargaban con un "¿qué te hiciste, evangélico?", les contestaba tranquilo: "Si ustedes quieren, me lo pueden dar. Pero yo no tomo". Y otra mañana llegó justo a la casa de su hermano cuando alguien iba a atacar al Mono con un cuchillo: "Me lo saqué para atrás", cuenta, y la pelea siguió cuadras más allá.
Entonces cuenta la otra gran batalla, la de las cloacas. "Ocho años estuve detrás de las cloacas, hermano", repite, y admite que en el camino perdió clientes y laburo. Antes había un solo camión atmosférico municipal para todo el barrio y el agua servida corría por la calle. "Los pibes hacían barquitos de papel y los largaban" sobre esa corriente, mientras el cólera andaba en el aire. Cuando por fin terminaron la obra, no quiso funcionarios ni actos oficiales. Hizo un asado para los trabajadores municipales que la habían hecho. "Un funcionario lo único que hace es escribir un papel", dice.
Con esa vara mide hoy lo que pasa en el barrio, y la bronca sigue firme. Cuenta que hace dos años que no limpian las cunetas y todavía se acuerda de las cuadrillas tomando mate con el celular en la mano. Le pidió al nuevo secretario de Obras Públicas que vaya a ver las calles que dejan las casas bajo el agua. Ya no grita como antes, dice que se "tranquilizó", pero no se guarda nada: "Los que no hacen nada son los que tienen que venir a hacer las cosas. Y no vienen".
Su mandato en la Junta vence en octubre y después será la Junta Electoral la que defina cómo sigue el barrio. Ángel lo cuenta sin dramatismo, con la calma del que ya peleó con el frío, con el vino, con el barro y con los carteles. Afuera queda Alborada, con sus calles y sus cunetas, y adentro un vecino de 78 años, casi cumplidos, que se acuerda de todo y que todavía tiene, tal cual, ganas de seguir peleando.