Por: Bache3000
Hay barrios que no cambian de lugar: cambian de calle. Pablo Chamatrópulos me esperaba frente a la escuela 187, que ya no es de madera, y se paró en la vereda como quien llega a un velorio de gente querida.
—Esta escuela tiene la culpa —dijo—. Me formó.
Lo dijo con gracia, como se habla de un tío que te enseñó a nadar tirándote al agua. En aquel Bariloche de setenta mil habitantes, contó, uno iba a la escuela que le quedaba cerca y se sentaba al lado del hijo del vecino, del hijo del patrón y del hijo de nadie. Yo esperaba al alumno bravo, al que le tira del pelo a la nena de adelante. Me salió con otra cosa.
—No, era tranquilo. Te voy a dar un dato de color: leía el diario. Leía el Río Negro.
Se rio como quien recuerda una picardía. Después, el candidato le ganó al nostálgico.
—Mirá, Roberto, esto que contamos con cariño no tiene que ver con lo que queremos ser de acá en adelante. Necesitamos una ciudad moderna y no lo somos. Hoy somos más de ciento cincuenta mil, recibimos cuarenta vuelos por día, y a diez cuadras del Centro Cívico tenés calles de tierra. Y no algunas: la mayoría.
Caminamos por 25 de Mayo, con el tráfico de fondo y el micrófono haciendo equilibrio entre la gente. Había una zanja con un hilo de agua que va y viene según el día.
—Acá corríamos carreras de barquitos —dijo, y se agachó un poco—. Cada uno ponía un palito. Con poca tecnología, pero nos divertíamos mucho.
Debía ganar el palito más tonto. Siempre ganan los palitos más tontos. Lo curioso es que la zanja sigue ahí, a cielo abierto, y que Pablo la miró como mira un candidato lo que le queda por arreglar.
—Es la misma ciudad que autoriza loteos sin agua y sin luz, y después deja a los vecinos años esperando lo que les prometieron.
—Ahí tenemos un problema grave —le dije.
—Totalmente. Y la Carta Orgánica tiene herramientas. La del 2007 ya hablaba de recuperar la autoridad sobre la energía eléctrica y no se cumplió. Y queda corta: afuera quedan el agua, las cloacas, el gas. Hoy la Constitución Nacional obliga a las provincias a respetar la autonomía municipal. Bariloche es una ciudad autónoma. Mirá lo del gas: cuatro años sin gas, y quienes dieron la pelea no fueron las autoridades. Fueron los propios usuarios.
Llegamos al Mallín, ese pulmón verde que alguna vez fue periferia y hoy es centro, como esos tipos que de pibes eran la barra brava del barrio y terminan de contadores. Pablo habló de los setenta y los ochenta como se habla de un equipo que ya no juega.
—Era una ciudad muy integrada. Un pueblo. Y era un Bariloche seguro, y eso lo perdimos.
—¿Cómo ves la policía de hoy?
—Una policía que no llega. La seguridad no es privativa de Nación o de la provincia. Otras ciudades la convirtieron en política pública. Para eso hace falta anclaje en la Carta Orgánica: por eso proponemos una policía municipal.
—¿Con presupuesto?
—Totalmente. Y hay que exigir la coparticipación de recursos.
Me habló de su padre y de esas vidas que lo obligan a uno a mudarse de seccional en seccional. Su padre, uno Guardaparque de los de antes. Dijo que su infancia quedó pegada a la naturaleza, y que el compromiso con el medioambiente lo aprendió "no desde lo académico, sino desde lo práctico". Vivían sin gas, sin luz. Y con inviernos que ahora son un chiste comparados con los nuestros.
—Vida dura. Linda, pero dura —le dije.
—Muy dura, pero muy linda. Es una crianza que valoro y mantengo mucho.
Después levantó el celular, el mismo con el que yo grababa, como quien muestra un as.
—Con este aparatito nos informamos, hacemos conferencias, hablamos con nuestros seres queridos. Con esto también tenemos que participar. Probablemente haya que convivir un tiempo con el voto electrónico y la boleta única papel. Y volver a las audiencias públicas, a los trámites municipales. Esa buena intención del presupuesto participativo y los referéndums, que en el 2007 se quedó en la letra.
—¿Y el control?
—Los actos públicos tienen que ser transparentes, y para eso los órganos de control tienen que estar fuera del poder. El Tribunal de Cuentas se lo escuché a otros candidatos y lo comparto. Y también hablamos del balotaje: la última elección mostró que la dispersión del voto puede dejar a un intendente con un consenso menor al que la gente espera. Yo creo que nos merecemos una democracia donde el consenso sea la herramienta principal de gestión.
Subíamos por el barrio Parque, la cuesta se puso empinada y yo, que había arrancado con ínfulas de caminador, empecé a respirar como una locomotora de las viejas.
—Caminamos bastante —dijo Pablo—. En subida, digamos.
—Te veo bastante en forma.
Era mentira a medias, pero a los candidatos hay que hablarles bien.
Ahí abajo, al final de la última cuadra, estaba Rolando 895. Una casa de dos pisos, con tres habitaciones arriba, chiquita pero hermosa. La calle era de tierra y enfrente había un club.
—No voy a acusar a nadie —dijo Pablo, bajando la voz como si la señora pudiera salir con una aguja—, pero la dueña de esta casa, te juro, cómo le molestaba que jugáramos al fútbol cuando la pelota se caía acá.
—Te la pinchaba.
—Te juro.
Nos reímos los dos. Se oía algún pájaro y un grito lejano. Pablo miró la casa como se mira el lugar donde te enseñaron a perder una pelota: tres hermanos, poca guita, mucha calle.
Le pregunté cuánto quedaba de aquel Pablito. Le tiré mi teoría: el que no quiere hablar de quién fue no está contento con quien es.
—No, yo tuve la suerte de tener una infancia hermosa. Una familia numerosa, tres hermanos, poca guita, pero muy integrada, muy familiar.
Cuando se calló, volvió a la propuesta como quien vuelve a la cancha después del entretiempo.
—Mi sueño es que los constituyentes consagremos un Bariloche mucho más inclusivo. Para todos, pero que no sea elitista. La ciudad que merecemos ser.
Del otro lado de la calle, la cancha seguía ahí. De la pelota, ni noticias.