Por: Bache3000
Dicen los que saben que los grandes jugadores no se retiran nunca, que apenas se van quedando de a poco, como el humo de un cigarrillo en un bar que ya cerró. A Messi, sin embargo, le tocó irse con anuncio y todo, un lunes de fines de agosto, con un mensaje escrito en el teléfono y sin una sola palabra de más: "Me vacié, ya no tengo más para dar". Cualquiera que haya jugado alguna vez en un potrero sabe lo que quiere decir eso. Es lo que le pasa al que corrió tanto y tantas veces detrás de la misma pelota que un día se sienta en el cordón de la vereda, mira las zapatillas, y entiende que la deuda está saldada.
Lo que pasa es que esa deuda empezó a correr mucho antes. El 17 de agosto de 2005, en un amistoso contra Hungría, un flaquito de Rosario con la 18 en la espalda entró a la cancha, y a los pocos minutos el árbitro lo mandó a las duchas sin que hubiera alcanzado a ensuciarse las medias. Si uno se pone a pensar, esa expulsión era el aviso de que esto no iba a ser un camino de rosas: la Selección le iba a deber cosas, y él a la Selección, y entre los dos se iban a pasar veinte años sacándose cuentas, como esos matrimonios que se pelean todos los domingos y no se separan nunca.
Había una abuela, Celia, que lo llevaba de la mano a las canchas de Newell's cuando era un enano de pelo revuelto que casi no se veía entre las piernas de los otros chicos. Había un padre, Jorge, obrero de fábrica, que un día hizo las cuentas, vio que en la Argentina no alcanzaba la plata para que el pibe creciera y se mudó con toda la familia a Barcelona, a la ciudad donde un tipo firmó el primer contrato en una servilleta de papel. Parece cosa de película, pero no lo es: es cosa de país, de esos países donde el talento se va en tren de a uno, con un bolso y una promesa, y el que se queda lo sigue en la radio.
Con la Selección, el romance fue cuesta arriba durante años, y hay que decirlo con la honestidad de los que estuvimos ahí: le pedimos de todo. Le pedimos que fuera Diego y le reprochamos no serlo, que cantara el himno y después que no lo cantara, que ganara y encima que lo hiciera con cara de gloria. Perdió la final de la Copa América en 2007, la del Mundial 2014 en el Maracaná, las dos contra Chile en 2015 y 2016, y después de la última dijo "ya está, no va más", como cuando uno cierra la puerta de un cuarto donde ya no hay nada que buscar. Duró poco el portazo. El país entero salió a golpearle la ventana, a pedirle por favor que volviera, y volvió, no se sabe bien si por ellos o por él mismo.
Y entonces pasó lo que tenía que pasar, aunque nadie lo creyera. La Copa América de 2021, otra vez en el Maracaná, como si el destino quisiera cobrarse la deuda en la misma cancha donde se la había prestado. La noche de Qatar 2022, contra Francia, que ninguno de nosotros va a poder contar sin que le tiemble la voz. La Copa América de 2024. Y este año, la final de otro Mundial, perdida contra España por 1 a 0, de esas derrotas que no duelen tanto porque el que las sufre ya aprendió a perder con elegancia, que es mucho más difícil que aprender a ganar.
Dos días después de aquella final, Messi escribió la carta del adiós y se la guardó, porque su padre estaba enfermo y hay cosas que uno no suelta mientras haya alguien adentro de un hospital esperando. Jorge murió el 8 de agosto en Rosario. Semanas más tarde, el hijo publicó el mensaje, y explicó con pocas palabras que después de lo de su papá estaba más convencido que antes. Hay una ley no escrita en las familias que dice que quien te abre la puerta es quien te la cierra, y que cuando se va el que la abrió, uno entiende que algo terminó. Messi lo entendió, y lo dijo.
Esta noche lo esperan en el Monumental sus compañeros de siempre, De Paul, Otamendi, Lo Celso, y viajó desde Rosario Di María, que ya dijo lo que todos pensamos y no nos animamos a decir en voz alta: va a ser difícil tener una Selección sin Leo. Lo va a ser, claro que sí. Vamos a mirar la formación y a notar un hueco, como quien entra en una casa conocida y descubre que se llevaron la mesa. Pasó con Diego, que se fue y dejó un lugar que nadie ocupó, y pasará ahora, con una diferencia: ya sabemos cómo se hace, y que después de la tristeza viene la costumbre. Porque este país, nadie sabe por qué, cada tanto escupe de un barrio cualquiera a un fuera de serie, como quien tira una moneda y le sale cara. Es cosa del ADN, de la cultura, del aire de las canchas de tierra donde siempre hay un pibe esperando que le pasen la pelota.
Uno se lo imagina a Messi dentro de unos años, en un sillón, con el mate al lado, viendo cómo los pibes de ahora se las arreglan solos, rezongando por lo bajo cuando se pierde un gol y levantando el puño cuando entra uno. Él mismo lo escribió: de ahora en más va a ser "uno más de ustedes". Mentira, claro, pero es una mentira linda, de esas que se dicen en los velorios y en los aeropuertos para que la despedida no pese tanto.
Soriano contaba que el fútbol es una cosa de la memoria, que de un campeonato uno no se acuerda de los puntos sino de la tarde en que llovía y alguien se resbaló en el barro. Vamos a acordarnos así de Messi: de ese petiso que corría con la pelota pegada al botín, como si el mundo fuera un patio de Rosario y los rivales unos chicos que no entendían las reglas. De que nos hizo llorar de rabia y de felicidad en la misma semana. Y de que cuando ya nadie esperaba que el cuento terminara bien, nos lo terminó contando como había que contarlo.
Desde Bache3000, lo único que queda es lo que se le dice a un amigo que se va a vivir a otra ciudad y se lleva de paso un pedazo del barrio: gracias, Leo. Por todo lo que diste. Por todo lo que, sin saberlo, nos devolviste.