Por: Bache3000
A unos 25 kilómetros del centro de Bariloche, en Colonia Suiza, funciona una escuela que nació en 1937 por el esfuerzo de los propios vecinos, en un terreno donado y con madera de la zona. Casi noventa años después, la Escuela Jardín N° 129 sigue siendo el corazón del paraje: más de 150 chicos y chicas llegan cada mañana desde distintos rincones del circuito y se quedan hasta las cuatro de la tarde, porque la institución tiene jornada extendida.
Según cuentan las familias, hay quienes eligieron vivir en la zona justamente por la escuela, y hay alumnos que son hijos de ex alumnos. Pero la comunidad creció y el espacio no la acompañó. Cuando llueve o nieva, los chicos no tienen dónde ir.
La educación física se da en los pasillos, en el comedor o donde se pueda. Los actos escolares se hacen por turnos o al aire libre, porque no hay un lugar que albergue a toda la comunidad junta, y por eso las familias muchas veces no pueden entrar. El acto del Día del Maestro, el festejo de fin de año y los recreos en días de lluvia transcurren con los chicos apiñados en los pasillos.
La ampliación inaugurada en 2020 fue un paso importante y muy celebrado, recuerdan los vecinos, pero la matrícula siguió creciendo y ese espacio también quedó chico. Las mismas aulas donde se dan clases a la mañana se convierten en comedor al mediodía y en talleres a la tarde.
Lo que falta, plantean, tiene nombre: un SUM, un gimnasio cubierto donde los chicos puedan moverse, celebrar y estar juntos. Una psicóloga que acompañó a la comunidad advirtió que los alumnos pasan ocho horas diarias en la escuela y que, sin un lugar para correr y despejarse, el cuerpo y la mente no descansan. A su entender, el desgano, la tensión y la dificultad para sostener la atención en las últimas horas de la tarde son consecuencia de un entorno que quedó chico.
María, mamá de un alumno de tercer grado, contó que en los días de lluvia su hijo le pide que no lo lleve a la escuela, porque no tolera los ruidos ni la falta de espacio después de tantas horas entre el aula y el pasillo. Según las familias, como él son muchos los chicos que se sienten así.
Desde la comunidad aseguran que vienen trabajando con paciencia y diálogo desde hace años: hay notas presentadas, reuniones sostenidas, un petitorio firmado por cientos de personas y una carpeta completa que documenta cada paso. Afirman que la necesidad está reconocida, pero que ese reconocimiento todavía no se tradujo en acciones concretas.
Por eso las familias se organizan para salir a comunicar la situación. Lo que piden es que quienes tienen la responsabilidad institucional den el siguiente paso, que es desarrollar el proyecto formal, elevarlo e impulsarlo. Y piden también que Bariloche y Río Negro se sientan parte del reclamo, porque, sostienen, no se trata solo de infraestructura sino de bienestar, de dignidad y del derecho de más de 150 chicos a tener una escuela a la altura de lo que ya son.