Por: Bache3000
Se lo escuchó antes de verlo. Un silbido venía por los pasillos de la Legislatura, flaco al principio, después más firme, rebotando contra el mármol de un domingo sin sesiones. Cualquiera hubiera pensado en un electricista, en un profesor de barrio que llega tarde a clase, en un tipo que le silba a la mañana para que no se ponga pesada.
Era el vicegobernador.
Entró a la biblioteca con jean, chaqueta de jean y camisa. Saludó a todos, sonriendo, como si la casa fuera de los que estaban esperando y no suya. Nadie que se lo cruzara en la calle diría que ese hombre es el segundo en el orden institucional de la provincia, el que maneja una Legislatura entera. Se parece más a alguien que va a preguntarte si ya almorzaste.
Preparó un mate. Preguntó cómo habíamos viajado. Son cosas chicas, casi banales, pero no lo son tanto en un político que vive recibiendo reclamos y que parece llevar encima, todo el tiempo, el peso de lo que pasa afuera. Un mate, un camino, una pregunta. Así empieza a hablar la gente que escucha.
Cuando el grabador empezó a andar, hubo un ruido, una disculpa, unas risas. «Le da humanidad», dijo el periodista. Y ya estábamos adentro.
—¿Cómo podrías describir este momento de Pedro Pesatti? —le preguntamos.
Se tomó un rato. Miró la mesa, miró el techo de la biblioteca, buscó la palabra como quien busca una llave en el bolsillo del saco equivocado.
—Un momento de exploración, de búsqueda. Y eso me gusta.
Exploración. Era la palabra. Pasaron tres o cuatro meses desde la última vez que nos sentamos con él. Fue en estas mismas páginas, cuando marcó su quiebre con Juntos Somos Río Negro, el partido que ayudó a fundar en aquel febrero de 2015, en Cipolletti. Entonces lo dijo sin vueltas: «Estoy fuera del oficialismo, no por decisión propia, sino por una decisión claramente marcada del gobernador». Desde entonces, el que había sido el hombre de la casa se quedó sin casa. Y se puso a caminar.
Caminó hacia San José 1111. Cristina Kirchner lo había invitado a pasar a verla cuando pudiera, después de que él le mandara una carta con una fotografía que le pareció simbólica. Estuvo una hora y media con ella en su departamento. La primera vez que habló con ella había sido en Viedma, en marzo de 2013, cuando era intendente y ella fue a recibir un Honoris Causa. Media hora, entonces. Ahora, una hora y media, y otro país por el medio.
—¿Hablaron de política? —le preguntamos.
—Hablamos de todo. De todo, de todo.
Después vino lo que no esperábamos oír en una biblioteca un domingo. Dijo que fue a visitar a una persona que atraviesa un momento dificilísimo. Dijo que, más allá de la opinión de cada uno, él cree que está presa «por lo que piensa y por lo que hizo». Y se adelantó a lo que vendría:
—Es posible que con esto que digo ahora me masacren en las redes. Pero a veces los políticos tenemos que tener la valentía de decir cuando corresponde, no después.
También estuvo con Máximo. También con Sergio Massa, el último candidato del peronismo a presidente y uno de los nombres que suenan para volver a serlo. También con Miguel Ángel Pichetto, con quien, contó, tiene media vida: fue su profesor, junto con Carlos Soria, en esa universidad de maestros exigentes donde, para aprobar, había que estudiar mucho.
Preguntamos cómo ven ellos el escenario. Esquivó los nombres y dejó la idea: el año que viene tiene que haber un armado político y electoral amplio, que reúna a los sectores populares y nacionales y garantice, dijo, las cuotas de moderación necesarias.
—Hoy la moderación es lo revolucionario.
Y estuvo con María Emilia Soria, la intendenta de Roca. Esa foto hizo ruido en toda la provincia, y algunos titulares hablaron de «cumbre». Él se encogió de hombros. Contó que con Carlos Soria, el padre, fueron amigos y compartieron campañas, que con Martín también hubo trato, pero que con ella nunca. Dos horas hablaron. La primera vez en la vida de los dos.
—Una persona seria, con los pies sobre la tierra, con aptitudes para liderar cualquier proceso político que se proponga. Bienvenido sea que haya figuras jóvenes así.
No quiso conjeturar. Un encuentro, dijo, puede tener trascendencia o no, Dios dirá. Pero lo dijo con la mirada de quien sabe que una foto vale más que mil comunicados y que ya se la sacaron.
No dijo mucho, y lo que dijo lo dijo con cuidado. Fue prudente con cada nombre, midió cada adjetivo y dejó casi todas las puertas entornadas. Pero hay entrevistas en las que lo importante no está en lo que se contesta sino en el mapa que se va dibujando solo. Cristina, Máximo, Massa, Pichetto, María Emilia: las reuniones hablan por él. Nadie recorre ese camino por casualidad, y menos un hombre que meses atrás se quedó afuera de la casa donde ayudó a poner los ladrillos. Entre líneas, Pesatti está armando algo, o por lo menos está viendo con quién podría armarlo. Y ese algo ya no pasa por Juntos Somos Río Negro.
Cuando le preguntamos si volvía al peronismo, se enderezó en la silla.
—A ver, vamos a aclarar algo, porque eso a mí me molesta mucho. Yo nunca dejé mis ideas.
Hizo una distinción que lleva años haciendo: una cosa es la estructura del PJ y otra el peronismo como universo de ideas, que para él incluye a Yrigoyen, a Alfonsín, a Perón, a Frondizi, a Néstor y Cristina. Ideas «made in Argentina», dijo. Del otro lado puso a los Chicago Boys y a la escuela austríaca, y a las cuatro emes de medio siglo de historia: Martínez de Hoz, Menem, Macri, Milei.
—No hay nada más viejo que Milei.
Es profesor de historia y no lo disimula. Habló de Prebisch y de Cardoso, de las economías de enclave que se llevan lo que hay «por dos pesos» y no dejan nada. Del corredor ferroviario que une el puerto del Este con Vaca Muerta y con los puertos chilenos del Biobío, un proyecto al que hasta le armó un sitio web, y de que lo ignoran porque él es, admitió entre risas, «el díscolo de la familia». El periodista le dijo que era el pariente que va el domingo a almorzar y habla del tema que nadie quería tocar. Se rio de buena gana.
—No lo hago para perjudicar a nadie. A la larga me terminan comprendiendo.
Hasta ahí, el político. Después apareció el otro.
Fue cuando hablamos de los jubilados. Empezó con cifras y programas, con la tarjeta precargada que armó cuando era intendente y que volvería a armar para que ningún jubilado rionegrino se quede sin comida ni medicamentos. Pero hacia la mitad de la frase la voz se le puso más lenta. Hablaba de gente que tiene que elegir entre comer y comprar el remedio, y el ritmo le cambió. Cuando le dijimos «te duele, ¿no?, personalmente», no contestó enseguida.
—Claro. Porque tengo parte de mi familia, de mis amistades, que la están pasando recontra mal.
La biblioteca quedó callada. Había olor a yerba y a papel viejo. Después dijo lo que quizá sea lo más importante de toda la mañana, y lo dijo bajito:
—Una sociedad que deja abandonados a sus viejos no merece la pena para nada.
Citó a Borges, que dijo que el único tiempo real es el presente. Que los problemas no están en el pasado ni en el futuro, que están ahora. Que el dirigente que no sepa responder sobre el presente, que se dedique a otra cosa. Habló de la educación destruida desde 1978, de los docentes que deberían ganar los mejores sueldos, de la lengua y la matemática, de «aprender a pensar» y «saber comunicar lo que pensamos». Habló de la inteligencia artificial como quien habla de un tren que ya pasó por la puerta de su casa.
Y del laberinto, que fue la imagen que más se nos quedó:
—Los laberintos no tienen puerta de salida. De los laberintos solamente se sale por arriba.
Una hora de charla. Mate frío. Afuera, el domingo seguía sin gente.
Quedaba la última pregunta, la tonta, la que se hace cuando ya no queda nada serio por preguntar. Se la hizo el periodista con media sonrisa.
—Pedro, venías silbando. ¿Venías silbando Sinfonía de un sentimiento, de Leonardo Favio?
Esa canción la había mencionado él mismo el día que se reunió con María Emilia Soria. Se nos quedó mirando. Primero un segundo de silencio, la cara de un hombre al que descubrieron con la mano en el frasco de dulce. Después soltó una carcajada, de esas que le sacuden los hombros.
—No, no, no recuerdo cuál es la banda de Sinfonía del sentimiento, pero me gusta silbar. Así expreso mi alegría.
Y siguió, ya sin risa, más lento. Dijo que a veces uno está con el ánimo por el piso y que, aun así, trata de que la alegría, la alegría en el sentido cristiano de la palabra, esté presente en el corazón. Que los sentimientos son los grandes constructores de una persona. Que la alegría es la gran organizadora para que él no se transforme en un monstruo, en una persona que termine odiando medio mundo.
Un cristiano profundamente creyente, un profesor de historia que sigue queriendo ser el profesor, un político que prefiere no hablar de los demás. Alguien que no se fue de ningún lugar adonde llegó y que ahora, en el medio del desierto, se puso a explorar.
Apagamos el grabador. Nos paramos. Él nos acompañó hasta la puerta, como acompañan los dueños de casa que no son dueños de nada, apenas del gesto. Justo antes de abrirla y despedirnos, se dio vuelta, buscó algo en un estante y nos lo puso en la mano.
Un libro. Tenía su nombre en la tapa, porque lo escribió él: Diario de la gesta, combate del 7 de marzo de 1827. Cuenta la madrugada en que un puñado de gauchos, milicianos y vecinos de Patagones le ganó a una escuadra imperial. Un profesor de historia que escribe la crónica de unos pocos que le ganaron a un imperio. Cada uno que saque su cuenta.
Ya en el pasillo lo abrimos, y en la primera página, con su letra de maestro, había una dedicatoria: «En el sentimiento que nos une, de la sinfonía más bella».
Cerramos el libro. Detrás nuestro la puerta ya se había cerrado, y la biblioteca había vuelto a su silencio de domingo. Pero uno, que no lo vio, jura que lo imagina: el vicegobernador de jean y chaqueta, solo entre los estantes, levantando la taza de mate frío, y de golpe, bajito, como quien no quiere la cosa, el silbido que vuelve a empezar.
Pedro Pesatti dice que está explorando. Pero un hombre que regala ese libro con esa dedicatoria no anda buscando una canción nueva: está volviendo a cantar la que más le gusta.
Usé la versión más afirmativa del párrafo sobre el rumbo. Si preferís la cauta, la cambio. Verificá también la dirección San José 1111, que la tomé de tu relato.