domingo 11 de octubre de 2026 - Edición Nº605

Datita Cultural | 11 oct 2026

¡TREMENDO CUMPLE!

Cumpleaños en el kilómetro 24,7: diez años de Cervecería Patagonia entre brasas, barricas y una noche de velas

20:56 |Bache3000 recorrió la fiesta por los diez años de la cervecería de Circuito Chico, entre corderos al fuego, hierros candentes sobre la espuma y barricas de roble francés. Habló con el chef Pablo Buzzo, con el equipo cervecero y con la gerenta de Quilmes, que viajó a Bariloche para el festejo. La noche cerró con un cuarteto de cuerdas entre velas y con Natalie Pérez haciendo bailar a la cervecería entera.


Por: Bache3000

Antes de que nos pusieran un vaso en la mano ya andaba dando vueltas la novedad de la casa: además de lo que siempre se hizo ahí arriba, que es comer bien y mirar el lago con una pinta al lado, ahora se puede salir a recorrer el Circuito Chico en bicicleta eléctrica, volver con las piernas contentas, sentarse a tomar algo y, si queda ánimo, embarcarse en un paseo por el lago o probarse en la palestra de escalada. Es un servicio que se suma a los de siempre, y a juzgar por la cantidad de gente que preguntaba por él en la puerta, no va a pasar inadvertido.

La tarde ayudó, fresca pero sin frío, con ese cielo de Bariloche que no se decide entre quedarse nublado o abrirse del todo. En la entrada había una pantalla gigante donde pasaban, una atrás de otra, escenas de estos diez años: momentos históricos de la cervecería y también imágenes de las que le tocan el costado a cualquiera, como esas voces que reivindicaban las Malvinas argentinas. Más de uno se quedó parado ahí, con las manos en los bolsillos, mirando como se mira una foto vieja de la familia.

Ahí nomás nos recibió el equipo de Quilmes, que había viajado hasta la ciudad para el festejo y no disimulaba el orgullo. “Hoy estamos celebrando nada más y nada menos que los 10 años de la cervecería. Hace 10 años ya que estamos acá, en este lugar maravilloso, el favorito de todos los que formamos parte de este equipo”, dijo. Y señaló el clima: “este clima espectacular, que permite que tengamos una agenda como la que tenemos en el día”. Contó que las puertas estaban abiertas para turistas y barilochenses, y que la propuesta de la entrada, con el fuego como protagonista, estaba dirigida por el chef Pablo Buzzo, al que presentó como la cabeza creativa de la cocina.

Porque apenas se dobla a la derecha empieza el pasillo de fuego, y ahí la tarde dejó de ser un cumpleaños para volverse una especie de procesión. Había truchas abiertas y clavadas en tablones de madera, paradas frente a las brasas con rodajas de limón sobre la piel, y corderos patagónicos estirados en cruz, de esos que parecen dormir de espaldas al fuego mientras alguien los vigila con una vara en la mano y toda la paciencia del mundo. Del lado izquierdo se alineaban los vacíos sobre una parrilla con el nombre de la casa grabado en el hierro, y colgadas de cadenas, como si las hubiera dejado ahí un escenógrafo de película, unas calabazas gigantes que se iban poniendo blandas y doradas junto al fuego.

Al chef lo encontramos en medio del humo, y cuando le dijimos que lo veíamos un poco emocionado y que no sabíamos si era por el humo, se rió y contestó: “Es por el humo, es por el humo. Y por ustedes también”. Después se puso serio, a su manera. “Hoy hicimos fuegos. La idea era armar los fuegos por primera vez, adelante de la cervecería”, contó, y explicó que la intención era que la gente “pase por un pasillo entre la comida”: cuatro propuestas a la vista, que dieran ganas antes de entrar al salón principal. Hubo corderos, truchas a la tabla con papa y vegetales, vacíos y pizzas de elaboración propia, y la cervecería funcionó además con una carta chica de snacks clásicos, donde cada plato dialoga con algún producto de la región, como las papas con mayonesa ahumada. Buzzo anticipó que la idea de los fuegos de la entrada vuelve en verano y que están trabajando con productores rionegrinos y neuquinos para ampliar la carta con platitos y platos hechos con producto de la provincia.

Nosotros, mientras tanto, probamos todo, porque la tarde no admitía otra cosa: el cordero, que se deshacía sin esfuerzo; las truchas, ahumadas y jugosas; el vacío, con esa costra oscura que escondía el jugo adentro; y las calabazas, una sorpresa dulce en medio de tanta carne.

La cerveza llegó como llegan las cosas que se esperaban. En una de las estaciones, un integrante del equipo cervecero armó para nosotros el ritual de la cerveza caramelizada: sobre una blonde ale, de las que tienden a un dulzor residual, metió una varilla al rojo vivo y la espuma se levantó caliente sobre la cerveza helada. “Lo que hacemos es caramelizar justamente esos azúcares residuales y se genera un perfil como ahumado, especiado y una cerveza mucho más tomable”, explicó, y agregó que el contraste es justamente ese, “entre espuma caliente y cerveza helada”. Nos contó que es una técnica que “se originó en Europa y era más que nada usada en épocas invernales para abrigar”. Salud, dijimos, y probamos.

Más allá, otro de los chicos nos hizo pasar a las barricas de roble francés. La primera era una Postdata, una Irish Red con perfiles de bizcochuelo, maltas caramelo, un poco de cereal y de pan. En la segunda había una oscura de maltas tostadas, suave y chocolatosa, que con la madera gana un amaderado final “súper particular”. Cada una pasó un tiempo distinto en la barrica, algunas varios meses y otras un par de semanas, y la idea, contó, es no ir siempre a las cervezas fuertes sino “jugar con todas las maltas, con todos los lúpulos”. También estuvo la sin alcohol, la IPA KM0, para quienes preferían seguir en la ronda sin pagar la cuenta, y al final, con la noche ya cerca, las pizzas, que cerraron el recorrido como quien baja el telón.

Mientras tanto la cervecería se había ido llenando de a poco, sin que nadie la apurara. La gente se acomodó junto al lago con el vaso en la mano, bajo las guirnaldas de luces y al calor de las estufas, charlando, saludándose, sacando fotos de la vista como si no supieran que esa postal se la llevan puesta de todos modos. Se percibía algo que no se compra con ninguna entrada: una alegría tranquila, de reencuentro, la de un cumpleaños en el que todos sienten que algo les toca.

A las 20.30 empezó la noche en serio, con el show de Candlelight en el Mirador Alto. La gerenta de Quilmes lo había adelantado un rato antes con una mezcla de orgullo y vértigo: “es el primer show que hacen al aire libre en Argentina”, dijo, y confesó que para la casa era “un sueño” que fuera en ese escenario. En medio de cientos de velas, con siluetas de montañas iluminadas, un cuarteto de cuerdas tocó casi sin que nadie se atreviera a respirar, y uno de los momentos más aplaudidos fue el homenaje a Queen, que sonó distinto, sin guitarras eléctricas y con la oscuridad del bosque de fondo. Había celulares en alto por todos lados, pero también caras simplemente quietas, con el vaso olvidado a medio camino.

El cierre fue para Natalie Pérez, con su banda y su orquesta, una bomba, un camión, que hizo lo que hacen las artistas que saben dónde están paradas: levantó a toda la cervecería, ya llena de punta a punta, y la hizo bailar y cantar hasta que ya nadie sabía dónde terminaba la fiesta y dónde empezaba la noche. Antes de que todo explotara, la gerenta había dicho lo que esperan de la década que viene: “Lo más importante para nosotros es permanecer, es que nos sigan acompañando, seguir creciendo”.

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