Por: Por Diego Llorente
Don Primo Capraro se quitó la vida aquel 4 de octubre. Tenía 57 años, una enorme figura y cientos de responsabilidades. De todas ellas, se estima que la construcción del ferrocarril era la que más le preocupaba y la que estuvo vinculada a su trágica decisión.
Esa tarde, amigos y adversarios ocuparon las calles en la manifestación más numerosa que se recordara hasta entonces. Toda la flota del lago Nahuel Huapi —más de 200 embarcaciones— se concentró a la vista del viejo cementerio del Ñireco (donde hoy está el Colegio Nacional) y dejó oír sus sirenas durante todo el entierro.
Un año más tarde, en 1933, unas 300 familias aportaron dinero para inaugurar un busto con su imagen, que se convirtió en el primer monumento de la ciudad. Su epígrafe dice: “Primo Capraro: Espíritu del progreso de Bariloche”.
El busto fue realizado por el escultor Oliva Navarro y emplazado de espaldas al lago, en una plazoleta ubicada en Quaglia y Costanera (que actualmente homenajea a la Prefectura).
Durante los primeros años posteriores a su muerte, familiares y vecinos se acostumbraron a congregarse allí cada 4 de octubre para homenajear al empresario. Años más tarde, la estatua fue trasladada a los pies del Centro Cívico, junto a un ciprés. Ambos miran hacia el Nahuel Huapi.

Primo Modesto Capraro nació en Belluno, Italia, en 1875. Según cuenta la historiadora Laura Méndez en su trabajo “El león de la cordillera”, que repasa su historia, este hombre fornido estudió en una escuela industrial, donde asimiló matemáticas y técnicas de la construcción.
Hizo el servicio militar en Suiza, donde aprendió a construir diques y caminos. Pasó por Austria, Suiza y Alemania. En 1900 se instaló en México, donde trabajó en las minas de oro de Pachuca, contratado por una empresa británica. De allí se fue a Chile y, posteriormente, emigró a la Argentina.
Llegó al Nahuel Huapi convocado por Federico Baratta, quien había sido su compañero en el servicio militar. Baratta era un perito minero italiano, empleado de la Dirección de la Oficina de Tierras y Colonias, dependiente del Ministerio de Agricultura de la Nación. Ante el proyecto de creación de la Colonia Agrícola y Pastoril del Nahuel Huapi, le propuso a Capraro adquirir un lote en sociedad.
Capraro arribó a la región en abril de 1903 y se instaló en el lote del lago Correntoso, sobre la margen noroeste del lago Nahuel Huapi. Tras un intento fallido de encontrar oro en los lagos del sur, se dedicó a la venta de madera para la construcción de estancias y viviendas, y montó un aserradero en esa zona.
En 1908, don Primo obtuvo del gobierno nacional, en arrendamiento a título precario, una superficie de 4.500 hectáreas entre el lago Correntoso y el lago Espejo.
Al trasladarse a San Carlos de Bariloche por intereses comerciales, puso en marcha junto al comisario de policía José Alanís una fábrica de ladrillos, y designó en su estancia del Correntoso a un “encargado habilitado”.
Una de las características de su accionar fue no respetar los límites locales, sino pensar la región como un todo en cuanto a mercado, conglomerado humano y posibilidades de desarrollo.

(Carpintería y aserradero de Capraro que estaba ubicada donde hoy se emplaza el puerto San Carlos).
Según consta en los registros catastrales, el capital inicial de Capraro era muy reducido. En 1905 era propietario de un terreno cuyo valor no superaba los $300. Cuatro años más tarde, su propiedad valía $1.000, a lo que se sumaban dos terrenos a nombre de su esposa alemana, Rosa Maier, valuados en $7.500 y $2.500.
Desde su llegada a Bariloche, Capraro comenzó a comprar lotes en lo que hoy es el radio urbano y en la Colonia Agrícola, y hacia mediados de la década de 1920 ya era dueño de numerosas propiedades en el Nahuel Huapi, entre ellas hoteles, embarcaderos y almacenes de ramos generales.
Instaló una usina, una carpintería, una herrería y un taller mecánico, con lo que llegó a monopolizar las actividades de la construcción en la región. A comienzos de los años veinte, su aserradero abastecía la madera con la que su empresa constructora levantó prácticamente todas las viviendas del pueblo, las estancias vecinas y los puentes.
En los terrenos del actual Centro Cívico tuvo su base de operaciones, donde llegó a concentrar cerca de 300 empleados, en su mayoría compatriotas italianos.
Sus actividades comerciales se expandieron cuando se convirtió en dueño —en 1916 junto a otros socios, y desde 1919 como único propietario— de la parte comercial de la Compañía Chile-Argentina, empresa que en esos años liquidó la totalidad de los bienes que poseía en territorio argentino, según expuso Méndez.

Desde el comienzo de su actividad empresarial, Capraro fue un firme defensor del tendido de la línea férrea que uniría el puerto de San Antonio, sobre el océano Atlántico, con la región cordillerana rionegrina, una obra que desde el inicio de su construcción, en 1910, sufrió permanentes postergaciones.
Para Capraro, facilitar las comunicaciones y el traslado de mercaderías a través del tren sería la base del desarrollo regional: permitiría reemplazar las importaciones chilenas por productos nacionales, aumentar la población e integrar la región al mercado nacional, además de favorecer el desarrollo industrial del Nahuel Huapi, en el que incluía a su empresa maderera.
Pero la crisis de 1930 lo dejó al borde de la ruina, y las elecciones de ese año lo privaron del control absoluto de la política local que había ejercido hasta entonces.
Aun así, tuvo tiempo de asociarse con otros empresarios locales para abrir la oficina radiotelegráfica de Villa La Angostura el 15 de mayo de 1932, fecha que se considera la fundación de la vecina localidad.
Convencido de que solo la llegada del ferrocarril al lago sellaría el progreso de Bariloche, arrastraba desde hacía varios años las penurias como contratista de los terraplenes del ferrocarril. Tironeó de los rieles con tal vehemencia que agotó sus reservas financieras: adelantaba capital propio mientras el Estado nacional retrasaba el pago de las certificaciones de obra.

Se casó con Matilde y tuvieron dos hijos: Luisa y Francisco. Además de empresario, visionario y principal hacedor del progreso local, fue vicecónsul de Italia, miembro de la Comisión de Fomento local en forma casi ininterrumpida entre 1906 y 1930, presidente del Automóvil Club Argentino, agente de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) y representante de la East Indian Oil Company, Ford y Fordson, Vacuum Oil Company, Pirelli, Sociedad Anónima Platense, Compañía de Seguros La Buenos Aires, Compañía de Seguros La Columbia, Banco de Italia y Banco del Río de la Plata.
También fue corresponsal de los diarios La Nación y La Patria degli Italiani. A partir de 1927 integró la Sociedad de Fomento Rural de Río Negro y Neuquén, y en 1929 participó de la fundación de la Sociedad de Fomento Rural de Bariloche.
Pocas actividades del pueblo se hacían sin la presencia de Capraro. Participó en la generación de energía eléctrica con la instalación de otro generador, aparte de la usina de Benito Boock. Cedió una casa para que se reuniera el primer club de fútbol de la ciudad, creó la Banda de Música Municipal y hasta fue el protagonista principal de los carnavales.
Fue el principal impulsor del turismo en sus inicios y el referente de todo viajero de importancia, por lo que quedaron diversos testimonios de su personalidad vigorosa.
Estos múltiples roles en el espacio regional le dieron acceso a un amplio caudal de información sobre el mercado —precios de los productos primarios y manufacturados, del trabajo y del transporte—, que le permitió, desde su lugar de propietario, comerciante, fabricante y político, tomar decisiones que fortalecieron su capital material y simbólico.
Hoy Bariloche no lo recuerda. Apenas un colegio y una calle honran su memoria. La fecha de su muerte pasó sin recuerdos ni homenajes. La estatua de su figura robusta e imponente se erige inadvertida en los jardines del Centro Cívico. Pero, sin dudas, Bariloche es en gran parte lo que es hoy gracias a su esfuerzo, su perseverancia, sus inversiones y su visión de desarrollo y progreso.
