Por: Bache3000
En primer grado, con el cuaderno de tapa dura y el lápiz negro mordido en la punta, la seño escribía en el pizarrón «mi mamá me ama» y «mi mamá me mima», y nosotros copiábamos despacito, sacando la lengua, sin sospechar que estábamos escribiendo la única verdad que no iba a pasar de moda. Después vinieron los verbos, las tablas y la geografía de los ríos, pero lo que quedó grabado fue eso, porque era lo más cercano que teníamos y lo más cierto.
Conviene empezar por la especie en peligro de extinción, que es la madre de la chancleta. Esa mujer no necesitaba gritar ni amenazar, le alcanzaba con una mirada de un segundo y medio, de costado, mientras revolvía la salsa, para que entendiéramos que la sentencia ya estaba dictada y que lo único que quedaba por definir era la distancia. Había que correr, y correr bien, esquivando la mesa ratona y el perro dormido, porque la chancleta, dicen los que sobrevivieron, tenía una puntería que ya quisiera cualquier wing izquierdo de la Selección. Hoy casi no quedan. Los pibes de ahora no saben lo que es doblar una esquina a toda velocidad con el corazón en la boca, y quizás por eso les cuesta tanto entender el valor de una mirada.
Después está la madre comprensiva, que es la contracara exacta. Le contábamos que nos llevamos cuatro materias, que chocamos el auto del tío o que nos comimos la torta que era para el cumpleaños, y ella suspiraba, nos acariciaba la cabeza y decía «ay, sí, querido», con una paz tan profunda que daba más culpa que cualquier reto. Ese «ay, sí, querido» es una obra maestra de la psicología aplicada, porque terminábamos pidiendo perdón sin que nadie nos lo hubiera pedido, y hasta nos ofrecíamos a lavar los platos.
La madre fuerte, en cambio, no negocia ni deja cabos sueltos, y es la que dice «cuando tu padre llegue vamos a hablar», aunque todos sepamos que el padre llega, se sienta y pregunta qué hay de cenar, y que la que gobierna es ella. La fuerte maneja el presupuesto, el calendario de vacunas, las reuniones de padres y el humor de toda la casa, y no necesita título para eso. La permisiva, mientras tanto, anda por la vida diciendo «dejalo, es chico», y es capaz de esconder el boletín en un cajón para que nadie sufra antes del domingo.
Y no puede faltar la que dice «no es nada, comé vos», mientras se queda con el hueso, con la punta del pan, con la última porción que nadie quiere pero que ella insiste en que le gusta. Cualquiera que haya crecido en una casa argentina conoce a esa mujer. También a la que nos mandaba a la escuela con el sándwich envuelto en papel de diario y la bufanda atada tres veces al cuello, aunque afuera hubiera veinte grados, y que a la salida nos preguntaba si habíamos comido, aunque se lo hubiéramos contado ese mismo mediodía por teléfono.
Hay una escena que seguro se nos aparece a todos. Es invierno, de esos de acá, de los que se pegan a los huesos, y volvemos de la escuela con los guantes empapados de nieve, las manos rojas y la nariz hecha un pimiento. Entramos, y en la cocina la salamandra está encendida, y sobre ella, apoyados en una silla, los guantes de ayer, ya secos, tibios, esperando. La madre ni siquiera levanta la vista de la olla. Dice «sacate eso, que te vas a resfriar» y nos tiende los guantes secos. Ese gesto mínimo, repetido cada invierno durante años, sin una sola felicitación, vale más que cualquier discurso.
Y hay otra escena, la de las ocho de la noche. Ella llegó de trabajar, o de hacer la fila del banco, o de cuidar a la abuela, o de todo eso junto, y todavía tiene que revisar la tarea, planchar el guardapolvo, poner la mesa y preguntar quién se anota para el postre. Antes era el ama de casa de manual, y todavía hay millones que lo son, y que sostienen sin sueldo ni aplausos el piso de cualquier familia. Hoy, además, se puso al hombro lo de afuera. Trabaja, estudia, cría, organiza, y a la noche todavía le sobra paciencia para escuchar cómo nos fue. Si los números de la economía se miraran con la lupa con que se mira el trabajo de una madre, otro gallo cantaría.
Dicen que la sociedad se apoya en las instituciones, en las leyes, en los bancos, en la política. Puede ser. Pero nosotros creemos que se apoya, mucho más, en una mujer que a las seis de la mañana pone la pava y ya está pensando en qué va a hacer de almuerzo. Se apoya en la que se acuerda de los cumpleaños de todos, de la fecha del turno con el pediatra y del nombre de la maestra de tercer grado. Se apoya en la que nos enseñó a decir gracias, a no mentir, a guardar un poco para el que llega tarde. Si todo eso faltara, el país se caería como un castillo de naipes en un día de viento.
Volvemos entonces al cuaderno de primer grado, al lápiz mordido, a la letra torcida que se esforzaba por quedar derecha, y entendemos ahora lo que no entendíamos entonces. Aquella frase simple, la primera que escribimos, no era un ejercicio de lectura sino un resumen perfecto de todo lo que vendría después. «Mi mamá me ama», «mi mamá me mima», «yo quiero a mi mamá», y nosotros, que tardamos media vida en decirlo en voz alta, hoy lo decimos.
A la de la chancleta, a la del «ay, sí, querido», a la fuerte, a la permisiva, a la que se queda con el hueso, a la que llegó cansada y igual preguntó cómo nos fue. A la que está, a la que estuvo, a la que ya no está pero sigue en cada guante tibio de cada invierno. A todas, gracias. Y si todavía las tenemos cerca, no esperemos a que sea tarde: llamemos, vayamos, abracemos fuerte, digámoslo sin vueltas, con la letra torcida y los ojos húmedos, como cuando éramos chicos y recién aprendíamos.
Las queremos, mamá, las queremos mucho, y que quede escrito.