domingo 25 de octubre de 2026 - Edición Nº619

El Bardo de Siempre | 25 oct 2026

La fe caminó por la Ruta 82 (pese a los pozos)

14:52 |Unas 6.000 personas peregrinaron a la gruta de la Virgen de las Nieves. Llegaron desde los barrios de Bariloche, Jacobacci, Pilcaniyeu, Ñirihuau y El Bolsón. Bache3000 caminó entre ellos y escuchó por qué vienen.


El nene no tendrá más de tres años. Lleva una campera inflada color gris perla y un pantalón con una franja roja. Camina solo por la banquina de la Ruta 82, con la decisión de alguien que sabe adónde va aunque nadie se lo haya explicado. Su sombra va adelante, corta, porque es mediodía. Detrás quedan los pinos, el ripio y los padres, que lo siguen a diez pasos sin apurarlo. Ese domingo nadie apuraba a nadie.

La gruta de la Virgen de las Nieves queda pasando la rotonda, sobre la ruta que lleva a Los Coihues. Este domingo de octubre hubo sol de verano y un cielo azul con unas pocas nubes. Llegar se parecía a llegar a una cancha un domingo de clásico, aunque acá nadie insultaba al árbitro. A la derecha de la rotonda había cientos de autos estacionados en fila, con el polvo todavía encima. Los colectivos dejaban gente que después caminaba varias cuadras, y nadie se quejaba. Había viejos con bastón, mujeres con cochecito, adolescentes con auriculares, turistas que no sabían bien dónde se habían metido y chicos que corrían como si la Virgen fuera a irse antes de que llegaran.

Habrán sido unas seis mil personas. Desde lejos se movían como hormigas sobre un terrón de azúcar.

Junto a la ruta hay un paredón de piedra, y contra él se formaba la fila. Tenía por lo menos cuatro cuadras. Empezaba al pie de la Virgen, subía la escalera de piedra entre los cipreses, bajaba otra vez y seguía por el asfalto. La gente esperaba con paciencia. Algunos rezaban. Otros comentaban cómo estaba la carne, o si iba a llover a la tarde, porque la fe no le quita a nadie la costumbre de hablar del tiempo.

Una mujer espera con la mano apoyada en el pecho, a la altura del corazón, como si cuidara algo. Tiene los anteojos de sol subidos sobre el pelo castaño, un chaleco tejido en zigzag de todos los colores y las mangas fucsia. Cuando habla cierra los ojos.

—No, vengo siempre. Siempre para agradecer. Principalmente agradecer, sí.

—¿Pasó algo este año?

—Sí, tuve dos pérdidas familiares —dice, y enseguida lo aparta con la mano, como quien saca una miga del mantel—. Pero no tiene nada que ver. Hay que agradecer a la Virgen, siempre. Es muy milagrosa.

Dice lo de las dos pérdidas con la misma voz que usaría para decir que hace calor. No lo vino a cobrar. Vino a dar las gracias igual.

Un hombre de pelo gris y despeinado, con mochila al hombro, mira hacia la gruta como si buscara a alguien entre la gente.

—Por el bienestar de la familia —dice—. Un amigo que perdí, que se fue. Que mi Virgencita ayude a que llegue al Señor.

Lo que pide no es para él. Es para el amigo, para que llegue bien al lugar adonde se fue.

Más adelante hay un muchacho de gorra, anteojos espejados y una musculosa del gimnasio RFC Bariloche. Tiene los brazos tatuados y una botellita de agua en la mano. Lo que pide se lo podría pedir también al gobernador, o al dueño del gimnasio.

—Trabajo, salud. Y mucha abundancia de trabajo, sobre todo. Y salud también, ¿no? Para todos. —Se queda pensando y agrega, mirando la fila—: Creo que lo necesitamos.

Nadie le discute.

Una mujer con una remera de la Selección, con el Sol de Mayo en el pecho, se acomoda la gorra y confiesa una ausencia larga.

—Yo hace muchos años que no venía. Pero bueno, ya vamos a empezar a descubrir el camino.

Lo dice como quien vuelve a la casa de una tía con la que estuvo peleada. Un poco avergonzada y un poco contenta de que la puerta siga abierta.

Otros llegaron caminando desde el centro, todo el trayecto.

—Salimos del centro, vinimos con la comunidad de María Madre y vinimos caminando, cantando, rezando. Estuvo muy lindo.

A la izquierda de la ruta, la plaza estaba llena. Había familias completas sentadas en el pasto con el mate y la reposera, como en un picnic. Un coro cantaba, y un poco más allá alguien sacó una guitarra y otros se sumaron, desafinando con alegría. Los Boy Scouts, con el pañuelo al cuello, cuidaban a la gente con una seriedad que no les entraba en el cuerpo. También había gente de Protección Civil, empleados municipales y bomberos. Habían desviado el tránsito que iba a Los Coihues por otro lado. Por un rato, la ruta fue de los que iban a pie.

Llegaban de todas partes. De los barrios del Alto y del Centro. De Ingeniero Jacobacci, de Pilcaniyeu, de Ñirihuau, de El Bolsón. Debe haber pocas cosas capaces de juntar en el mismo pasto a un chico de Jacobacci, un turista porteño y una señora del barrio Malvinas. Esta es una.

Como en toda fiesta, también había negocios. Había un puesto de choripán y otro de estampitas. Se vendían rosarios, medallitas y la cara del Papa impresa en cartón, a precio de feria. La fe no tiene precio, pero la estampita sí. Nadie parecía molesto por eso.

Al costado de un auto blanco, un matrimonio mayor mira la multitud. Él tiene el pelo blanco revuelto por el viento, anteojos negros grandes como de cantante de boleros y una campera azul. Ella usa anteojos de marco fino y un pañuelo al cuello. Lo deja hablar a él y lo corrige con la mirada.

—¿Hace cuánto que empezó la caminata?

—Creo que en el 80... en el 98, algo así —calcula él, y mira a su mujer, que no dice nada—. Muchos años.

—¿Y eran muchos?

—No. Era poquito que veníamos.

Después se da vuelta y mira la plaza llena, la escalera llena, la ruta llena. Se nota que todavía se acuerda de cuando eran poquitos y que no termina de creer lo que está viendo.

—¿Y qué lo trae todos los años?

—La fe —dice, sin pensarlo—. La fe, y que a todos les vaya lo mejor.

No lo dice en un sermón ni en un discurso. Lo dice al costado de un auto en un estacionamiento de ripio, y el viento se lo lleva enseguida.

En otra punta alguien comenta que cada año se suman más fieles.

—Mucha gente. Cada vez convoca más. Así que no se pierde la fe.

La tarde empezaba a caer y la fila no se acortaba. La gente subía la escalera de a uno, con la gorra en la mano o la mano en el pecho. Llegaba frente a la Virgen y le decía lo que había traído. Unos traían una deuda, otros un muerto, otros el pedido de un trabajo. La mayoría, por lo que dijeron, traía solamente las gracias.

Allá abajo, en la banquina, el nene de la campera gris seguía caminando, ya cerca de la gruta. No sabía nada de pérdidas ni de trabajo ni de 1998. Caminaba porque todos caminaban, y porque había sol, y porque alguien le había dicho que al final del camino había una señora que escuchaba a todos.

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