viernes 30 de octubre de 2026 - Edición Nº624

La ley y el orden | 30 oct 2026

GRAN EXPECTATIVA EN TRIBUNALES

El jurado delibera y una sala espera: último día del juicio por la muerte de Estefanía Civardi

17:01 |Durante horas, Fiscalía, querella y defensa intentaron reconstruir lo que pasó en la madrugada del 30 de julio de 2025 en una casa de calle Los Radales. Ahora doce vecinos de Bariloche deciden si Emerson Marín mató a la joven o si ella se quitó la vida.


Por: Bache3000

El juez Sergio Pichetto les pidió a los jurados que prestaran mucha atención, como si después de cuatro días de testigos, peritos, fotos y mensajes leídos en voz alta hiciera falta pedirlo. Iban a escuchar los alegatos, dijo, la manera en que cada parte ordena lo que ellos ya habían visto. Después vendrían las instrucciones, y después el silencio de una sala de deliberación donde doce personas comunes tienen que decidir sobre la vida de otra.

El fiscal Martín Lozada empezó agradeciendo. Habló del compromiso del jurado, del tiempo prodigado, de la democratización de la justicia. Después se presentó como alguien que no acusa porque sí. "No somos acusadores seriales", dijo, y explicó que la decisión de sentar a Emerson Marín en el banquillo había salido de quince meses de investigación. Quince meses, repitió, como quien pone una piedra sobre la mesa.

Lo que contó después fue una noche. La madrugada del 30 de julio de 2025, en la planta alta de una casa de calle Los Radales, Cristina Estefanía Civardi estaba acostada en la cama, con la cabeza sobre la almohada. Un proyectil de una pistola 9 milímetros marca Jericho le entró por el cuello, a la derecha de la tráquea, de adelante hacia atrás y de abajo hacia arriba. La pistola era el arma reglamentaria que el Estado rionegrino le había dado a Marín, policía. En la casa, dijo el fiscal, había dos personas. Una era ella. La otra era él.

Lozada dedicó un buen rato a las mujeres que pasaron antes por la vida del acusado. Una de ellas, que había declarado el día anterior, contó que él la tiró al suelo y le apoyó el arma reglamentaria en la cabeza, y que desde entonces anduvo con un botón antipánico. La madre de uno de sus hijos, dijo que cada vez que quería dejarlo, él sacaba la pistola, le quitaba el seguro y se la ponía en la sien, y que una vez la apuntó a ella. Otra ex pareja que era su novia mientras él salía con Estefanía, lo describió celoso y desconfiado. "Emerson Marín es un violento de manual", dijo el fiscal, y enumeró las ventajas que tenía sobre la víctima: veinte centímetros más, veinte kilos más, doce años más, un uniforme y un arma.

Después habló de ella. De lo que dijeron su mamá, sus hermanos, sus amigos y el vecino que tiene un taller en la puerta de la casa y que la conocía de chica. Todos hablaron de una piba trabajadora, con planes, que cuando tenía un mal día se ponía los cortos y salía a correr. El vecino contó que un día dejó de pasar a tomar mate, que se fue alejando, que eso coincidió con el momento en que le dijo que estaba saliendo con un policía. Y que una vez la vio con capucha y anteojos negros, algo que nunca le había visto. Por esos días, la hermana la había visto con un ojo morado. Una de sus amigas le vio una marca debajo de la boca y otra debajo del ojo.

El 9 de julio, Estefanía le escribió a Marín un mensaje que el fiscal leyó despacio: "No quiero morir con un tiro en la cabeza porque no pudiste controlar los celos". Lozada lo llamó una alarma. Habló también de las notas que encontraron en el tacho de basura, donde ella le decía que lo amaba y le hablaba de tener hijos, y de otra que  encontró diez días después debajo del colchón, donde le decía que estaba harta de sus celos y que hasta ahí llegaban.

Luego el fiscal fue a los últimos minutos. A la 1.48 ella le escribió preguntándole si la acompañaba. Él contestó cosas como "Adiós, amor", "Perdón por ser como soy" y, a la 1.51, "Sé feliz". Lozada razonó en voz alta, sin pretender genialidad. Si se escribían, estaban en lugares distintos de la casa. Si él se despedía, era él quien se iba. "¿Qué hacía el arma de fuego arriba?", preguntó.

El resto fue ciencia y testigos. Un perito balístico dijo que la pistola funcionaba bien, que sus seguros estaban en orden y que no podía dispararse sola. En la corredera y el gatillo encontraron ADN de una sola persona, Marín. La criminalista Karina Uribe evaluó tres hipótesis y le dio al suicidio una probabilidad baja. El perito Roberto Nigris intentó en la sala la posición que exigiría un autodisparo y concluyó que era cosa de contorsionista. Y Joaquín Torres, un cordobés que hacía tres meses vivía en Bariloche, del otro lado de una pared de madera, contó que esa noche escuchó un estruendo que confundió con pirotecnia y enseguida una voz de hombre que gritaba "¿Qué hice?" o "¿Por qué lo hice?".

Según el fiscal, Marín no llamó al 911 ni a una ambulancia, sino a una compañera de servicio. A una oficial le contó que había forcejeado con ella por el arma. Ese viernes contó otra cosa. Porque ese viernes, por primera vez en quince meses, Marín habló. Dijo que esa noche ella le había confesado un abuso de su padrastro en la infancia, que se cortó en el baño, que él llamó al 911. Lozada contestó punto por punto: no hubo prueba del abuso, no hubo goteo de sangre entre el baño y la cama, no hubo registro de la llamada. Dijo que el acusado había esperado a escuchar toda la prueba para acomodar su versión y despertar la compasión del jurado. Pidió que lo declaren culpable de homicidio triplemente calificado por el uso de arma de fuego, la relación de pareja y la violencia de género.

Los abogados de la familia hablaron después y lo hicieron de otra manera, con otras libertades, como ellos mismos dijeron. Nombraron a la Chiru (Estefanía) como la nombraban en su casa. Dijeron que era alegre, leal, valiente, que era hermana, hija, casi madrina, y que quería ser madre. Dijeron que Marín era un mentiroso, un manipulador y un femicida, y que en esos quince meses recién ese día le conocieron la voz. Contaron tres versiones distintas de lo que él dijo que pasó. Se enojaron con una palabra que se había dicho en el juicio, relación tóxica. "Es un insulto hablar de toxicidad respecto de quien hoy no puede hablar", dijeron. Recordaron una frase de una carta de ella: "Este amor no es nada sano". Al final le pidieron a la familia que se pusiera de pie para que el jurado la viera. Se pararon la madre y hermanos. No pudieron hablar. Los abogados leyeron por ellos un agradecimiento y un pedido de justicia por la Chiru y por todas las mujeres que conocieron a Marín.

Qué dijo la defensa en su alegato final

El defensor, el abogado Diego Navarro, habló más que los otros dos juntos. Empezó explicando el sistema adversarial y terminó diciendo, sin vueltas, que en esa sala eran enemigos. Sostuvo que Estefanía se disparó y que Marín, al subir la escalera y verla con el arma, quiso sacársela. Acusó a los peritos de buscar posiciones forzadas para descartar el suicidio y llegó a hacer él mismo una demostración con el micrófono en la mano. Contó que fue custodio presidencial y que sabe de armas.

Leyó de nuevo el mensaje del 9 de julio, pero completo, dijo, porque terminaba con un "ja, ja, ja". Explicó que nadie escribe una risa con el dedo sin querer, y que ella hacía referencia en broma a una policía que se había suicidado. Leyó otro mensaje, un sueño en el que la joven veía a su papá en una ventana y después escapaba con sus hermanos de alguien, y lo presentó como señal de un trauma de la infancia. Sostuvo que Marín estaba en Las Grutas cuando la amiga dijo haberla visto con el ojo golpeado. Dijo que esa noche ella salió a comprar cigarrillos y escribía desde la calle, y que la respuesta de Marín, "dejate de hacer eso", hablaba de los cortes. "¿Qué persona que va a cometer un delito le dice dejate de hacer eso?", preguntó. Habló de residuos de pólvora en las manos de ella, del ADN de ella en la empuñadura, del guante de un perito que pudo haber borrado rastros. Dijo que no tuvo plata para pagar más peritos, que Marín hace un año y medio está preso y no tiene un peso, y que el médico declaró sin cobrar.

El juez le recordó varias veces el tiempo. Pasada la hora y diez, cuando el defensor les dijo a los jurados que una condena significaba que ese hombre no volvería a ver la luz del día, el fiscal pidió la palabra. El juez les recordó que la pena y la lástima no son elementos para decidir. Navarro pidió la absolución.

Le preguntaron a Marín si quería decir algo. Dijo que había venido con la verdad, que no pudo hablar antes porque se quebraba, que había pensado hacer cosas pero decidió aguantar para contar adelante de todos lo que pasó. Nada más, dijo.

Después el juez leyó las instrucciones y los doce se fueron a deliberar. En la sala quedaron una familia que no pudo hablar, un acusado que habló por primera vez y la misma pregunta que ocupó cuatro días: quién tenía el arma en la mano en la madrugada del 30 de julio.

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