Por: Bache3000
Un domingo de elecciones en Bariloche huele a escuela fría, a mate recalentado y a gente que preferiría estar en cualquier otra parte, y sin embargo ahí están todos, en fila, esperando para meter un papel en una caja. Uno los mira un rato y entiende que la democracia no es otra cosa que esto: un montón de bichos raros con el DNI en la mano.
Está el que a las cinco menos cinco todavía andaba en pantuflas, rascándose la panza frente a la tele, y que de golpe se acuerda de todo y sale corriendo como si lo persiguiera la deuda del año. Pasó el día entero sin hacer nada y llega con la lengua afuera, jurando que votar le arruinó el domingo. Del otro lado está el madrugador, que a las ocho ya espera en la puerta con termo y mate, el primero en llegar y el primero en contarlo, como si le dieran una medalla por abrir el boliche.

Cerca de él se para el que vota por primera vez, con una sonrisa que da un poco de miedo y la certeza de que hoy cambia el país. Está convencido de que su voto en una escuela de Bariloche hará que mañana la Argentina amanezca distinta. Nadie se lo va a decir, y hacen bien, porque hay ilusiones que conviene dejar que se mueran solas.
Más atrás espera el indeciso crónico, que llegó sin saber a quién votar y que cada vez que cree haberlo resuelto ve otra boleta y se le rompe todo de nuevo. Cerca anda el que se olvidó el DNI y tiene que volver a casa, revolver cajones y regresar a la fila con cara de perro apaleado. Detrás viene la familia entera, abuela, primos y perro incluidos, que convirtieron el voto en excursión, y por ahí aparece el de la selfie con el sobre, que vota para la historia y para las historias de Instagram.

Adentro del cuarto oscuro pasan cosas que ningún padrón registra. Hay quien mira tantas listas que no entiende ni el idioma y termina eligiendo a ciegas, y hay quien lee las trece propuestas, hasta los suplentes, y sale con la cabeza tan llena que ya no sabe cómo se llama. Otro vota por la boleta más linda, sin leer nada, porque en este mundo la estética también decide gobiernos. Y siempre queda uno que entra y no sale, tanto que la fila de afuera ya armó un grupo de WhatsApp y le encontró a alguien con quien casarse.
Después están los que ni esperan nada de nadie. El del asado vota rápido porque la carne no espera, sale oliendo a humo y ya piensa en la achura. El opinólogo que lo sabe todo pasó la semana puteando a medio mundo en las redes y el domingo estaba muy ocupado para ir a votar. Su primo hermano es el que se queja de todo el año, de los pozos, del tránsito, del colectivo y del vertedero, y que el día de la elección se queda en pantuflas con el DNI en el cajón y la cabeza llena de razones. El fiel de toda la vida elige lo mismo desde que tiene memoria, y si el candidato cambia el apellido, lo sigue igual. Y el que llega peleando contra el viento patagónico, con la bufanda hasta los ojos y la boleta a punto de salir volando, aguanta sin chistar, que para eso nació acá.

Hay uno que ya tiene cincuenta años y la vio pasar varias veces, y no se traga el cuento. No espera milagros ni se emociona con promesas, sabe cuánto tarda cada fila y se maneja con la frialdad de un contador. Entra, vota, sale y se va a hacer algo útil con su domingo, que bastante tiene con el resto de la semana.
Y al final de la fila, o al principio, según cómo se mire, está el más grande de todos, el que tiene más de ochenta años y viene arrastrando los pies y la historia. Pasó por democracias, por dictaduras y por hiperinflaciones, vio de todo y lo aguantó, y sin embargo llega con la frente en alto. Sabe lo que costó tener un papel para meter en una caja, y de lo único que no se desprendió en tantos años fue de la esperanza, que a esa edad es lo único que no se le cae de los bolsillos.
A la tarde, cuando ya cerraron las urnas, casi todos terminan igual: tirados en algún sillón, con el celular en la mano, refrescando la pantalla como ratas en una jaula, esperando que algún número les diga si valió la pena. Los porcentajes llegan, la vida sigue, y mañana todos van a volver a sus trabajos de mierda con la misma cara de siempre.
Pero hay algo que ninguna de estas caricaturas dice, y es que ninguna es una condena. El que llegó corriendo a las 17:55 puede llegar a las diez de la mañana la próxima vez. El que se quedó en su casa quejándose puede levantarse del sillón. El primerizo puede perder la ilusión y encontrar otra mejor, y el veterano puede acordarse de que alguna vez creyó. Cada elección, y cada día que pasa entre una y otra, ofrece la chance de elegir qué tipo de elector y qué tipo de ciudadano se quiere ser, porque eso no es una piedra ni una marca de nacimiento, sino algo que se va moviendo con lo que uno hace y que, de a poco, mueve también el futuro. No lo arregla todo, ni de lejos, pero es un buen consuelo, y a esta altura uno agarra lo que venga.
Desde Bache3000 los juntamos a todos en un carrusel de diecinueve personajes, y ahora la pregunta queda en el aire, como el humo de un cigarrillo en un bar vacío: ¿qué tipo de votante sos, y qué tipo de votante querés ser?