viernes 06 de noviembre de 2026 - Edición Nº631

El Bardo de Siempre | 6 nov 2026

MIRÁ LAS FOTOS

Los parques nacionales cumplieron 123 años y los festejó navegando hasta Puerto Blest

18:40 |Autoridades de todo el país, guardaparques en actividad y retirados, y familias enteras cruzaron el Nahuel Huapi para recordar al hombre que regaló un pedazo de Patagonia para que nadie pudiera quedárselo. En el camino, el lago les tenía reservado un minuto de silencio.


Por: Bache3000

Dicen que los argentinos somos especialistas en olvidar a nuestros próceres apenas termina el acto escolar, pero en Bariloche hay una isla chiquita, con pinos y una tumba, que se encarga de que eso no pase. Se llama Centinela y queda a la entrada del brazo Blest, y cada vez que un barco pasa frente a ella, el capitán tira tres bocinazos, como quien saluda a un vecino que no se va a asomar a la ventana pero que sigue ahí.

Este 6 de noviembre, los bocinazos fueron los de la embarcación Gran Victoria, de Turisur, que había salido de Puerto Pañuelo con una carga rara para un barco de lago: presidentes, vocales, intendentes de parques, directores, prestadores turísticos y trabajadores de Parques Nacionales, activos y jubilados, hombres y mujeres que se pasaron la vida con botas embarradas y que ese día se pusieron la camisa buena. Antes habían ido a la Plaza Perito Moreno, en el centro, a izar la bandera y dejar flores. Después se subieron al barco, y la ciudad se les fue quedando atrás.

Frente a Centinela apagaron los motores del discurso. Sonaron las tres sirenas, un trompetista de la Banda de la Escuela Militar de Montaña tocó para los que ya no están, y hubo un minuto de silencio, que en un barco lleno de gente que habla por oficio es una hazaña mayor que cruzar el lago. Ahí, bajo esa tierra, descansa Francisco Pascasio Moreno, junto a su esposa, María Ana Varela, y a uno de sus hijos.

Moreno había llegado a este lago en enero de 1876, cuando no había rutas ni hoteles ni Circuito Chico, y fue el primero que vino desde el Atlántico y plantó la bandera argentina en la orilla. Siempre se dice que fue un explorador, pero la historia más linda es la de después: el 6 de noviembre de 1903, cerca de Puerto Blest, cedió al Estado unas 7.500 hectáreas, tres leguas cuadradas, para que fueran de todos. Era el tipo de gesto que en este país casi nunca se hace, el de darle algo al Estado sin pedir nada a cambio, y esa donación terminó siendo el primer ladrillo de lo que hoy se llama el sistema de Parques Nacionales.

A Moreno lo enterraron en la Recoleta cuando murió, en noviembre de 1919, pero él ya había dicho dónde quería quedarse. Recién en 1944 lo cumplieron, y los restos hicieron el viaje a Bariloche con la bandera encima del ataúd y los ponchos de los caciques Shaihueque, Pincen y Catriel, tres hombres con los que la historia oficial nunca fue amable. Lo subieron a la Modesta Victoria y lo llevaron a la isla, y desde entonces no se movió más. Hoy, con su Gran Victoria, la historia parece haber cerrado un círculo que nadie planificó.

En el Salón Huillines de Puerto Blest, el presidente de Parques Nacionales, Sergio Álvarez, junto al intendente del Parque Nacional Nahuel Huapi, Dámaso Larraburu, y los integrantes del Directorio, encabezaron el acto central. Álvarez dijo que Puerto Blest es "el punto exacto que transformó en símbolo una acción ejemplar", y anunció que noviembre pasará a ser el Mes de los Parques, con eventos en todas las áreas protegidas del país.

Pero lo mejor del acto no fue lo que se dijo sino a quiénes se les dijo. Subieron al frente Lucio Gerardo Nicolás y Noelia Rodríguez Liberatoscioli, que cumplieron 25 años de servicio, y Víctor Hugo Arnaiz y José Héctor Oyarzo, que llegaron a los 30. Los familiares estaban ahí, mirando, y hay que imaginar lo que debe ser que a uno le entreguen un reconocimiento por haber cuidado un bosque durante tres décadas, mientras su hija o su mujer aplauden en un salón al pie de la montaña. Es un premio que no se compra ni se improvisa, porque se construye con inviernos enteros de trabajo en lugares adonde no llega ni el celular.

Al final hubo camaradería, que es una palabra vieja y linda para decir que se comió, se charló y se brindó, como corresponde después de cualquier ceremonia seria. Los guardaparques de uniforme se mezclaron con los académicos, los prestadores con los funcionarios, y por un rato dejaron de ser jerarquías para ser lo que son: gente que comparte la misma obsesión por un pedazo de tierra que no es de ninguno.

Larraburu cerró su discurso con una frase que no tiene nada de solemne y por eso mismo funciona: "Gracias a todos los trabajadores de Parques por la labor que llevan adelante y feliz día". Es un modo sencillo de decirlo, como se lo diría a un compañero en la puerta de la oficina, y quizás sea la mejor manera de entender lo que pasó este viernes en el lago. Porque cada tanto, en un país que se pelea por todo, hay un barco que cruza el agua, una trompeta que suena, tres sirenas que saludan a un hombre en una isla, y por un rato todos se acuerdan de que algo bueno se hizo bien.

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