Anoche, en la radio, Pacho O'Donnell hablaba con Novarecio. Le preguntaban por el partido contra Egipto. "Fue épico", dijo. Nada más. A veces las palabras simples son las que mejor explican lo que no se entiende del todo.
Pacho es historiador, y los historiadores tienen esa costumbre de mirar hacia atrás cuando alguien les pregunta por el presente. Contó que los pueblos originarios, cuando desembarcó Solís, tuvieron una reacción que hoy llamaríamos radical: se lo comieron. Tal vez —pensó en voz alta— esa haya sido la primera épica de este continente. Una épica sin metáfora: comerse al invasor, literalmente, para que no quedara nada de él.
Yo pienso en eso y pienso en el partido de ayer. Perdíamos 2 a 0. Messi erró un penal, algo que no suele pasar, o que pasa justo cuando más duele que pase. El que perdía se iba a casa. Y en esas circunstancias, cuando ya no hay margen para el cálculo, apareció esa cosa que no tiene nombre —un duende, dijeron algunos, sin mucha convicción, porque tampoco alcanza esa palabra— y contagió a un país entero. A los que aman el fútbol y a los que no. Creo que ayer no hubo un solo argentino que no haya sentido, aunque fuera un segundo, esa cosa rara que nos pasa cuando jugamos así.
Es raro lo nuestro. Desde el Diego de los ochenta venimos recibiendo esta bendición futbolera que nos hace llorar y reír casi al mismo tiempo, durante casi cincuenta años. Y sin embargo no aprendimos —no sé si se aprende— a vivir con esa misma entrega en otras cosas. Habría que ver si hace falta que Diego y Messi, aunque sea de manera virtual, nos tiren un poco de las orejas. Ningún político se anima a contradecirlos. Tal vez porque el fútbol es la única cultura del "se puede" que nos queda entera.
Por ahora, disfrutemos. Como dijo Pacho: al primero que nos comimos fue a Solís.